Amor de madre

Muchas veces me acuerdo de mi madre.

Pronto hará cinco años del día en que abandonó su cuerpo para volar como una mariposa, cuando lo pienso me invade cierta melancolía y también el anhelo de volver a ser acunada; «acocha aquí», solía decirme ella. Echo de menos ese regazo en el que, cualquiera que fuera la pena -o la duda-, todo se transformaba en quietud.

Lo cierto es que esa nube gris melancólica solo me aborda cuando pienso en que ella ya no está físicamente aquí. Por el contrario, cuando solo siento, cuando permanezca abierta a lo que ella Es y al regalo que hizo a mi vida (¡empezando por el hecho de haberme dado paso a este mundo!) me siento en paz; incluso puedo sentir alegría por el estado liberado que disfruta en este instante y que nada tiene que ver con el que vivía cuando todavía estaba por aquí.

Hay días en los que de repente, sin quererlo ni buscarlo, soy consciente de alguna cosa que hizo por mí, para mi bienestar, y entonces siento una mezcla de gratitud por haber sido foco de tanta generosidad y a la vez tristeza por no haber sabido demostrárselo a tiempo o por no haber aprovechado mejor esa entrega. Hace un momento me venían a la mente por ejemplo la cantidad de oportunidades de estudio y de trabajo que pude disfrutar gracias a que mi madre estuvo siempre ahí: solicitando mis becas, ayudándome de forma económica, ofreciendo su hogar y su mesa, o apoyándome en toda la marabunta de decisiones que asumía a una velocidad probablemente más rápida de lo que ella podía llegar a asimilar.

A pesar de comportarme como un «culo inquieto», mi madre siempre tenía aliento para mí -una paradoja a su dificultad para respirar por sí misma- y me arropaba con frases como «tú tranquila que lo vas a conseguir», «eres un coquito» o «ánimo campeona». Aunque no siempre logré lo que quise, soy consciente del liderazgo que mi madre infundió en mí, permaneciendo ahí para mostrarme que si algo no salía como había planeado era porque otra oportunidad mejor estaba esperando. Valoro hoy más que nunca que me animase siempre a confiar, no como una fe ciega sino como el resultado de quien trabaja con perseverancia para conseguir lo que se propone; acepté recibir lo que necesitaba aunque no fuese lo que quería y agradecí los privilegios de los que ya disfrutaba.

Cuando me marché a estudiar la primera vez, la situación económica en casa no era la mejor. Aun con todas las circunstancias, mi madre hacía grandes esfuerzos para lograr conseguir el dinero necesario y ayudarme en todo lo que podía. En aquel momento podía reconocer su esfuerzo, pero hasta ahora no podía ver en profundidad qué pudo haber significado todo aquello para ella. De hecho muchas de aquellas situaciones empiezan a tener un sentido completamente diferente a raíz de la aventura de ser madre.

Nunca me había parado a sentir en profundidad, desde la empatía auténtica, lo que pudo suponer para mi madre haber hecho todo aquel esfuerzo para que yo estudiase y que después no me hubiera dedicado a trabajar en tal profesión. Creo que si me hubiera dado cuenta de esto en aquel momento me habría sentido realmente culpable y eso podía haberme llevado a conformarme con un trabajo que no me hacía feliz. Quizás este razonamiento no tenga ningún sentido, pero a mí me consuela pensar que pudo ser así.

Cuando comencé a dedicarme profesionalmente a la comunicación animal, en los primeros años mi realización y mi sentido de la felicidad se basaban en el trabajo. Había muchas cosas que iban bien en mi vida, pero nada me provocaba la misma satisfacción que trabajar con los animales. Eso -en apariencia inofensivo- generó que toda mi vida, todo mi tiempo y toda mi energía se centrase en el bienestar animal y, a su vez, reafirmó mi idea de que era posible trabajar en algo que me hiciera feliz. Sin embargo, con el nacimiento de Iris y posteriormente con todos los giros que dio mi vida, todo eso cambió.

A día de hoy, mi realización o mi sentido de la felicidad, está asentado a través de múltiples pilares pero ninguno de ellos encarna mi felicidad real. En este instante, creo haberme acercado al significado de esa frase tan desgastada que reza «la felicidad está en el interior de cada uno». Durante muchos años me decía a mí misma: ok, la felicidad está en el interior pero, ¿en dónde exactamente? ¿estará en una caja que se llama «lo que aportas al mundo con tu trabajo»? Gracias a las experiencias, pero sobre todo al tiempo y al silencio, he desechado muchas ideas que albergaba -y abrazaba con fuerza- sobre esa pregunta.

Mi felicidad está en lo que yo aporto al mundo con lo YO SOY -nada que ver con el «yo soy» egoico-, no con lo que yo hago. Darme cuenta de esto me hace sentirme en paz, plena y feliz como madre, como pareja, como hermana, y como humana en general. No es mi hija quien sostiene mi felicidad, ni tampoco mi compañero, ni mi hermano, ni mis vecinos, ni todos los perros y gatos a los que acompaño; obviamente tampoco se sostiene en un trabajo, un sueldo o una casa. Las personas a las que amo son parte de mi alegría, como lo son también los privilegios materiales y sociales que disfruto, pero la felicidad es algo que brota de mi interior gracias al cultivo de muchas cualidades y al trabajo que día a día realizo para que el fuego de esa felicidad, de esa plenitud con la vida, se mantenga vivo.

Cuando hoy recordaba todo eso sobre estudiar, el trabajo, lo que creía que era ser feliz, el esfuerzo de mi madre… me di cuenta de que no necesito este trabajo para ser feliz, ya no necesito ser comunicadora animal para sentirme realizada. Aunque esta labor deja en mí muchos instantes de plenitud, la fuente que me permite apreciar y disfrutar de esos momentos brota en mi interior todo el tiempo y a cualquier hora, haga lo que haga. Esto me hace comprender algo en otra época impensable: comienzo a estar preparada para dedicarme a cualquier otra profesión, incluso para toda la lista de puestos para los que algún día me formé o para aquellos para los que cuento con una amplia experiencia y que perjuré que nunca más volvería a ejercer.

Decepcioné a mi madre demasiadas veces porque sentía que debía buscar otros caminos, y gracias a que me he perdido por tantos senderos -aun creyéndome encontrada- he comprendido que, estando en paz conmigo misma y obrando con amor, puedo recorrer cualquiera que sea el camino siguiente. Hoy puedo plantearme un cambio así sin sentir que hacerlo podría mermar mi felicidad y eso me hace sentir libre.

Dedico esta reflexión a una mamá con cuyos compañeros perrunos trabajé esta semana. Aunque como madre todavía no tengo gran experiencia, como hija tengo toda una vida que me lleva a pensar que, tarde o temprano, los hijos acabamos comprendiendo todo lo que nuestros padres hicieron por nosotros.

Rebuscando encontré esta foto con mi madre.

Madres, tan lindas siempre.

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