Animales en la infancia

Siento que, a pesar de toda la concienciación animal que pueda estar tomando, los insectos continúan siendo los más perjudicados con mi existencia.

Tal vez en el último año haya comenzado a cambiar comportamientos tan automáticos como aplastar -sin mirar- un mosquito cuando me pica o abrir -sin pensar- el grifo de la ducha aunque haya una araña posada en el desagüe. Aunque soy consciente de que este tipo de gestos responden más bien a una respuesta automática aprendida (bastante perezosa) que a una falta de empatía hacia otras especies, por uno u otro motivo ellos acaban sufriendo la misma consecuencia.

Este fin de semana mientras lavaba los platos me encontré en varias ocasiones con velutinas (avispas asiáticas) bastante desorientadas dentro del fregadero. Cuando vi la primera, abrí el grifo igualmente para comenzar a fregar, no con la intención de matarla sino intentando que ese encuentro no distrajese mi atención. Lo curioso es que este comportamiento hablaba precisamente de no estar muy atenta a la interrelación de lo que me rodeaba, y también de gastar bastante vaguería…

En cuanto fui consciente de lo que acababa de hacer paré y, haciendo unas peripecias, cogí la avispa y la posé sobre una zona de plantas y sol en la que pudiese recuperarse. Así ocurrió a lo largo del día con varias velutinas moribundas. En una de esas ocasiones, mientras la posaba en una zona de resguardo, me vino a la mente el siguiente recuerdo:

Un día, cuando era niña, me encontré en el camino hacia mi casa dos crías de topo. Ambas estaban muy débiles así que las cogí y les preparé una casita en un cuenco de barro con tierra, hierba, agua… sin tener en realidad mucha idea de lo que podía necesitar un topo para vivir.

Pasamos algún tiempo juntas: las cogía en el colo, las acariciaba, les hacía camitas… Y, probablemente cuando me sentí un poco saciada de su presencia, fui a visitar a mi vecina para enseñárselas. Cuando su padre nos vio jugar con los topos, los cogió, diciendo: “¡yo ando pasando el trabajo de matarlos para que tú vayas a salvarlos!”, y no supe nada más de los topos.

Llegué a casa llorando, buscando el consuelo de mi madre, la cual me respondió que me lavase inmediatamente las manos pues a saber cuántas enfermedades podía haber cogido. Me pregunto cuántas historias de infancia como esta marcan nuestra vida sin darnos siquiera cuenta.

Gracias a las avispas y a este fin de semana rescatista he recuperado el recuerdo de aquellas crías: del tacto de sus cuerpos, hiper suaves como terciopelo, de cómo se sentía el latido de sus corazones a través de la piel casi transparente, lo nerviosas que estaban cuando las cogí y lo agradecidas que estaban despues de darles un poco de calor…

Quizás este recuerdo sea una oportunidad para reflexionar sobre cuántas veces vamos caminando por la vida sin ser conscientes de a cuántas vidas afectamos con nuestra existencia solo por el hecho de coexistir.

Abrazos y feliz comienzo de semana.

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