Ante la ausencia de emoción…

Decía una vez un médico: “la diferencia entre la tristeza y la depresión es que, en la segunda, hay ausencia de emoción”. Cuando hace unos días visitaba a un gato y conectaba con su estado recordaba esta frase.

Pocas veces he visto a un animal con tal falta de emoción, inmerso en la sensación de estar viviendo a la espera de no vivir. No había tristeza, ni ira, ni tampoco interés de ningún tipo por nada de lo que pudiera conocer, su estado era quizás más similar a un bloqueo, a un shock tan grande que le impedía cualquier movimiento de cambio.

Al encontrarme casos como este reflexiono sobre qué me ayudó a mí cuando un día -gracias a Dios hace muchos años- estaba yo en la misma situación. He pensando muchas veces sobre esto y no recuerdo nada que en ese momento me hubiera ayudado desde fuera. A veces creo que fue el paso del tiempo o el observar la vida que seguía ocurriendo a mi alrededor lo que hizo que un día saliese de ese agujero, aunque supongo que sería difícil afirmar si hubo una única puerta de salida.

Lo que realmente me enterneció de este caso fue su compañera, también gata, la cual le abrazaba y le lamía para cuidarle mientras todo el tiempo le transmitía este tipo de mensajes: “nunca te voy a abandonar… estoy aquí, sigo estando aquí… estoy contigo, todo está bien”.

Si vuelvo a pensar en mi propia experiencia, es posible que al final de esa puerta también yo sientiese que alguien me decía: todo va a ir bien, estoy aquí contigo.

Muchas veces las personas me preguntan qué pueden hacer ellos por aquel que sufre y al que tanto aman, creo que mi respuesta es similar a este caso. No podemos coger la carga del otro así como no podemos obligarle a desear vivir, pero tal vez sí esté en nuestras manos permanecer ahí acompañando y transmitirle que, pase lo que pase, seguiremos estando a su lado.

¿Qué podría haber más valioso que la presencia?

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