Aprender a parar

Hace algún tiempo asumí el compromiso de aprender a estar más atenta. La idea es saber en todo momento qué estoy haciendo (o no haciendo), para vivir más consciente y disfrutar con gratitud de cada momento. Habrás oído el koan zen que dice: cuando camines camina, cuando comas come… pues aunque suene sencillo resulta que es bastante más tedioso de lo que imaginaba (sonrisa), lo cual ha vuelto mis días muy entretenidos.

Por ejemplo, cada vez que me voy a lavar los dientes me paro ante el espejo, respiro, recito un pequeño poema (o gatha) manteniendo la atención en la respiración, sonrío y comienzo entonces a cepillarme. Así cada día, tres veces al día, pero por supuesto no siempre fue así.

Para que te hagas una idea, y sin entrar en muchos detalles, hasta no hace mucho yo era de las que se sentaba en el inodoro, lavaba los dientes y leía un artículo en el mismo instante, para sacar más rentabilidad al tiempo. La primera y la tercera aun hay momentos en los que van juntos, pero la higiene de mi boca se ha convertido en un acto milagroso. Algo en apariencia tan banal y cotidiano como cepillarse los dientes.

Al principio me lavaba los dientes sin acordarme de parar ni cuando ya había acabado, pero a base de repetir empecé a acordarme con más frecuencia. La mayoría de las veces tener que parar me parecía un fastidio, pues llevaba por lo general mucha prisa y perder esos maravillosos segundos se convertía en una lucha; esto fue así hasta que me di cuenta de que esos pocos segundos hacían que me sintiese feliz y en calma los siguientes minutos. Parecía una buena inversión.

Dejé de luchar contra las pausas, y empecé a reírme de mi resistencia cada vez que iba muy acelerada a lavar los dientes y mi mente me recordaba que estaría bien hacer tres respiraciones; pensaba «¡grrr!», luego sonreía con cariño y disfrutada de esa pausa. Ahora le he cogido un aprecio especial a ese momento ante el espejo el cual se ha convertido en una pequeña isla en medio del ruido de todo el día. Lo bonito de esta práctica es que ya no solo paro para respirar antes de meter el cepillo en la boca, sino también cuando enciendo la luz del baño, cuando me veo en el espejo o cuando voy a abrir el grifo. Parar se ha vuelto algo así como disfrutar de unas minivacaciones (sonrisa).

Si bien es cierto que tengo muchas virtudes también me pierden algunos puntos flacos, como la perseverancia. En ocasiones anhelo mejorar mi diligencia o fuerza de voluntad pero después resulta que precisamente para mejorarla lo que hace falta es ser constante. Una rueda que en mi caso suele romperse gracias a un poco de ayuda externa; te lo cuento en otro ejemplo.

Para cuando empezó el año asumí el propósito de subir y bajar las escaleras de mi habitación siendo plenamente consciente de cada escalón. Al igual que el asunto de los dientes, solo me acordaba la mitad de las veces y, de las que me acordaba, en la mayoría de ocasiones me parecían un fastidio pues tenía mucha prisa por llegar o por marchar. Curiosamente, cuanto más atenta intentaba estar más torpe me volvía con las escaleras, lo que me hizo pensar en que cuando nos acostumbramos a hacer algo siempre de la misma manera y lo intentamos hacer de un modo nuevo nos quedamos desubicados.

Fuera cual fuera la causa, como de vez en cuando mis pies comenzaron a hacer el simulacro de resbalar empecé a estar especialmente consciente de los escalones, aunque se me había pasado estar pendiente de mí en relación con los escalones.

Un día por la noche estaba bajando las escaleras a oscuras cuando se me fue un pie, resbalé y bajé los últimos cuatro escalones con el culo y el codo; blasfemé bastante -esto también estoy intentando mejorarlo- y me eché a llorar. Mi sensación mientras lloraba era que no se trataba tanto del dolor como del susto. Tuve dos semanas el trasero morado.

Eso que podía haber sido una gran lección de vida no me sirvió para mucho, pues por lo general seguía sin acordarme de prestar atención a los escalones hasta que llegaba a los últimos peldaños (probablemente porque mi cuerpo se acordaba de la caída mejor que mi mente). Aunque cada vez estaba más pendiente de los escalones, la escalera seguía sin ser algo en sí misma sino un medio para otra cosa.

A las dos semanas, cuando había empezado a dejar de dolerme el cuerpo, me dispuse a bajar por las escaleras mientras hablaba bastante distraída y resbalé en el primer escalón. Me bajé los quince escalones en caída libre hasta que paré contra la pared del final. En esta ocasión, después de blasfemar, volví a llorar, pero esta vez de tristeza, aprovechando la ocasión para acordarme de toda mi desdicha.

Creo que nunca caminé con tanta atención como aquellos días. Cada paso que daba me dolían hasta las cejas, así que debía estar muy atenta de la respiración y del movimiento para, en medio de la lentitud, disipar esa sensación de dolor. Fue una lección de atención plena maravillosa, habría preferido aprender de otra forma pero a veces pienso que mi falta de voluntad se compensa con situaciones fortuitas como esta.

Durante varios días tuve que aprender a caminar despacio y hacer las cosas de una manera más lenta. Tomé dos decisiones: la primera no volver a bajar las escaleras en calcetines y la segunda no volver a dar un paso en las escaleras sin saber exactamente lo que estaba haciendo. Ahora, cada vez que me acerco a las escaleras me paro y observo todo mi cuerpo en cada movimiento, las subo y las bajo muy despacio, con mucha atención. Es cierto que durante los primeros días les tenía algo de pánico, pero ese miedo me ayudó a estar mucho más concentrada en mi propósito.

Cuando voy corriendo porque necesito bajar de la habitación para algo urgente, justo antes de bajar freno y pongo mi cuerpo al ralentí, así de algún modo me recuerdo que nada es tan importante como ese momento, disfrutando de la alegría de poder desplazarme por cada escalón. Quizás te preguntes de qué me sirve al final todo eso, pues lo cierto es que como escribió Thay, la atención plena es semilla y fruto, lo que en este ejemplo significa que cuando estoy bajando con atención las escaleras estoy ayudando a mi mente y a mi cuerpo a aprender a ir más despacio, no solo en las escaleras sino en cualquier tarea de mi vida; por otra parte, esa pausa hace que disfrute completamente de algo tan sencillo como bajar unas escaleras.

Las escaleras han dejado de ser un medio para ir y venir y se han convertido en algo que me aporta la misma alegría y calma que una flor. Quién lo diría.

Abrazos.

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