Aprendiendo a gestionar mi ira

La ira es como un veneno que te intoxica y te corroe por dentro. Esto no he necesitado leerlo en ningún libro, lo he vivido durante muchos años en mí misma.

Cuando era pequeña intentaba no dar problemas. Es cierto que era un poco terca (por lo que he oído a veces en situaciones inoportunas) pero no recuerdo ser una niña contestona o violenta, quizás porque intuía cuáles podrías ser las consecuencias de expresar esa ira.

Según fui creciendo mis recuerdos están llenos de mi imagen, por lo general, en segundo plano. Si había un grupo de niñas jugando yo me quedaba a un lado, probablemente acompañada por algún otro rezagado social. Ya he hablado antes de mis horas jugando con caracoles…

En mis primeros años de vida se forjó en mí una justiciera. Cuando mis primas hacían trastadas con mis juguetes yo me enfadaba mucho, pero aun con eso seguía sin ser violenta, ni verbal ni físicamente. Me quejaba a mi madre y ella me replicaba que no me quejase y que recogiese todo inmediatamente. Supongo que de ahí fui aprendiendo a no expresar ciertos malestares.

Observando con la distancia que da los años, me doy cuenta de que no expresar aquella ira hizo que fuera una niña bastante agradable de tratar aunque también lapidó mi alegría y mi capacidad para expresar otro tipo de espontaneidad.

Como todo ser humano, cuando llegó la eclosión de la adolescencia, mi línea de la resistencia de la ira hizo crac y todo lo que no había salido en los años anteriores se desbordó y se manifestó de manera desbocada. Comencé a tener unas reacciones bastante desequilibradas, nutridas por mis conceptos del bien y del mal.

Recuerdo perfectamente la primera vez que mi ira fue más fuerte que mi control. Tenía 14 años y un niño había tropezado con mi pierna en el autobús del colegio. Le grité y al instante empecé a hiperventilar, las manos y las piernas se me quedaron rígidas y comencé a sentirme mareada. Cuando llegó mi parada, me bajé caminando como un zombie, y recuerdo subir hacia mi casa muy asustada.

Hacía menos de un año que me habían operado del corazón y yo no sabía qué era lo que me acababa de pasar así que entré por casa muy impactada. Esperaba encontrar el consuelo de mi madre, pero ella estaba muy ocupada intentando sobrevivir, algo que tardé varios años en comprender.

En los siguientes años se sucedieron ese tipo de crisis. Cuando alguien me humillaba o me atacaba -o, mejor dicho, cuando me sentía humillada o atacada por alguien- no era capaz de responder. En mi interior ardía de ira pero mi cuerpo no me permitía expresarme, así que empezaba a temblar, me bloqueaba, comenzaba a hiperventilar, se me dormía el cuerpo, babeaba, me mareaba e incluso llegaba a perder la consciencia de en dónde estaba. Me tomaba algún tranquilizante, dormía y volvía a empezar.

Llegué a desarrollar cierto miedo a situaciones en las que me sintiera muy expuesta o vulnerable por temor a que una de esas crisis se desatase y me dejase en ridículo. Por esto, cada vez que por ejemplo mi madre me decía algo hiriente (al menos a mi parecer) podía quemarla con la mirada, retorcerme las manos o apretar fuerte los dientes, pero nunca le decía nada. Después me metía en mi habitación y respiraba hasta que conseguía sentirme con mayor control. Mindfulness espontáneo.

Toda aquella situación me llevaba a sentir el compromiso de hacer lo posible por no herir nunca a nadie con mis palabras lo que reforzaba que, en el día a día, no consiguiese expresar lo que sentía. Cada vez que pensaba en decir a cualquiera de aquellas personas el dolor que sentía y el daño que me hacían con sus palabras, mi corazón se aceleraba desbocado y desaparecía cualquier posibilidad real de transmitir mis sentimientos.

¿Por qué me ardía ese fuego cada vez que alguien me decía algo desagradable? Porque en mí había un yo que necesitaba sobrevivir. Cuando el otro hablaba yo sentía que me atacaba, que me hería, pero no era capaz de ver el sufrimiento que estaba en la otra persona y que generaba que se comportase de ese modo. Tampoco era capaz de ver mi propio dolor y sufrimiento que me llevaban a no ser objetiva con lo que estaba percibiendo.

Con los años he ido aprendiendo a llevarme mejor con mi fuego de la justicia. Una de las cosas que he descubierto es que, por lo general, nada es tan importante como parece. He dejado de necesitar tener la razón, sobre todo porque según la visión de cada uno, ambos estaríamos siempre en lo correcto.

He aprendido a respirar cada vez que me siento herida por las palabras o los gestos de alguien para 1) tomar consciencia de las circunstancias que le llevan a actuar así y 2) tomar consciencia de las circunstancias que me llevan a mí a reaccionar de ese modo.

Cuando estoy en medio de una situación desagradable lo primero que hago es respirar y relajarme. Si la situación es muy crítica doy antes algunos pasos muy despacio, con mucha atención a la sensación en la planta de mis pies. Me vuelvo entonces muy consciente de cómo mi mente, movida por el ego, intenta liarme con frases como ¿por qué me hace eso a mí? Si yo soy así y así.

Para mí, el primer objetivo es que la mente pase de ser un mar en tormenta a un lago en calma: que deje de contarme su propia historia sobre lo ocurrido. Este paso es el más importante y a veces me lleva un rato.

Respiro y observo ese discurso como una madre espera pacientemente a que se relaje su hijo enfadado. Me vuelvo muy consciente de las cosas tan desagradables que me digo y de las historias que me invento y simplemente acompaño con la respiración a que esa tormenta amaine.

Cuando estoy más tranquila y se calman los pensamientos sobre quién tiene o no la razón, el bien y el mal o la justicia, entonces vuelvo a recordar la situación intentando recrearla de la forma más fiel posible y no solo bajo mi versión (por cierto, inevitable) de lo sucedido. Pienso en mi incomprensión sobre el otro, en su visión de la realidad que le hace reaccionar así y pienso también en mi historia y en mis miedos concretos que me hicieron sentirme herida o atacada. Cuando ese nudo de resentimiento o de orgullo se disuelve entonces decido si es necesario actuar o no de algún modo, por ejemplo pidiendo perdón o solicitando al otro ayuda para comprender mejor lo ocurrido.

Hace un par de meses una persona me gritó en la calle porque mi coche estaba mal aparcado y le impedía sacar el suyo. Mi primera reacción fue comprensiva, aunque los gritos habían sido inadecuados el hombre tenía razón, así que le sonreí y me fui corriendo a mover el coche, sin embargo el hombre volvió a gritar por segunda vez. Cuando acabé de mover el coche me di cuenta de que se me había encendido la ira. La primera alarma me pilló respirando pero la segunda me cogió sin filtro.

Respiré un rato hasta que me sentí más calmada. Cuando estaba mejor pensé sobre lo ocurrido y me pude dar cuenta de que, en mi mente, se había activado un diálogo del ego que decía cómo se puede ir por la vida amargándole la existencia a la gente, yo que no me meto con nadie me tengo que comer la mierda de otro. Mi mente es muy mal hablada, y si me despisto consigue hacerme creer que todo eso es un pensamiento creado conscientemente y que además es verdad.

Observar en profundidad me deja ver que esa persona tiene un montón de circunstancias que le hacen ser y reaccionar de ese modo en ese momento concreto y que, si yo hubiera vivido con exactitud su misma circunstancia habría reaccionado del mismo modo. Darme cuenta de esto en ese preciso instante me permite sentir compasión. De repente ya no quiero perseguirle para gritarle mis ideas sobre la justicia, sino que le abrazo en mi corazón como una madre abraza a un niño triste, tal vez con el abrazo que no tuvo.

En aquel caso no había nada más que hacer, el hombre se fue y yo me quedé en paz. Sin embargo en otras ocasiones, si la situación lo permite, me gusta expresar lo que siento y permitir al otro que se exprese. Esas conversaciones suelen empezar como antes cuando dijiste aquello me sentí herida, aunque después pude darme cuenta que quizás prejuzgué la situación creyendo que habías hecho esto otro, o me doy cuenta que lo que hiciste me recordó a otra situación y conecté con ese momento, o ¿puedes explicarme cómo fue este incidente para ti?

Mi naturaleza es conciliadora. Y compasiva. Los años de ira mal gestionada, de crisis nerviosas, y de silencio obligado me llevaron a desarrollar esa cualidad de observar profundamente a los demás, pero solo observar me dejaba en el peligro de ser siempre la víctima o de no poder soportar mi culpa (otra cara del victimismo). La práctica de la atención plena me ha permitido observar mi parte, salir de ese bien-mal y darme cuenta de cuánto puedo hacer para aliviar mi sufrimiento y comprender y aliviar el de los demás.

Como decía al principio, la ira es un veneno que cuanto más fuerte se vuelve dentro de ti más contamina el mundo que te rodea. Por eso, deseo que puedas respirar y que el fuego de la ira o el resentimiento no te carcoman. Primero, porque eso no va a darte felicidad y, segundo, porque tienes la oportunidad de transformarlo en algo maravilloso para ti y para el mundo. Es una bendición aprender a parar a tiempo.

Abrazos.

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2 Comments
  1. Juan Carlos Medina Déniz 15 mayo, 2020 at 19:50 - Reply

    Qué vibración, diferente en la que yo me muevo normalmente, Alba. Agradezco esta sacudida.
    Me quedó llamativamente “…si me despisto consigue hacerme creer que todo eso es un pensamiento creado conscientemente y que además es verdad”. Sí está esa voz insistente de tener razón, de culpabilizar, tirana y prepotente.
    Has crecido mucho desde Lanzarote, me lo he perdido, he estado lidiando conmigo. Ciertamente no sabemos las batallas que mantiene la persona que tenemos enfrente.
    Espero encontrarte bien de salud y calma. Un abrazo para tí y los tuyos.

    • Alba Kensho 18 mayo, 2020 at 17:29 - Reply

      Querido Juan Carlos, muchas gracias por tu mensaje. Es cierto, estamos creciendo todo el tiempo, como las flores, crecemos, florecemos y nos marchitamos, no podemos hacer otra cosa. Como bien dices, nunca sabemos lo que está lidiando (o lo que lleva lidiado) la persona que tenemos enfrente, por eso es tan importante despertar esa compasión en nuestro corazón que nos permita acoger al niño herido (y luego adolescente, y después adulto…) que todos llevamos dentro.
      Seguimos en calma, abrazos!

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