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Compartiendo jardín

A veces estamos esperando a que pase algo alucinante, algo sorprendente que de un sentido mágico y misterioso a nuestra vida y, entre que esperamos ese instante deslumbrante, infinidad de milagros ocurren a nuestro alrededor (y dentro de nosotros) tanto o más maravillosas. En ese espera podemos pasarnos la vida entera.

Ayer por la tarde estaba descansando en el jardín cuando oí cerca de mí un ruido, como una especie de crr-crr-crr-crr. Observando, pude ver que a escasos centímetros de donde estaba la hierba se movía hacia arriba y hacia abajo como en una especie de latido vegetal. Me quedé expectante durante un tiempo creyendo que se trataba de un topo que en cualquier momento haría su aparición estelar. Así, fantaseaba con la sensación maravillosa que sería verle asomar en directo la cabeza en el justo momento de hacer su montañita de tierra.

Un poco más tarde, me di cuenta de que en realidad se trataba de un ratón comiéndose las raíces de la hierba y otros suculentos manjares. Entonces imaginé lo genial que iba a ser verle salir al exterior y darse un paseo.

Observé el suelo durante un montón de tiempo. Cuando fue la hora de comer, permanecí con mi plato sentada en el suelo, mientras continuaba observando, mirando fijamente a aquel trozo de hierba. Veía y sentía cómo se desplazaba por sus túneles subterráneos mordiendo ahora aquí y al rato un poco más adelante. Era divertido, y por un momento me pareció que aquello era para mí lo más parecido a comer delante del televisor.

Según mi convecino avanzaba por la ciudad subterránea, su trayectoria se dirigía cada vez más hacia un pequeño desnivel del jardín en el cual, o escarbaba hacia el centro de la tierra o tendría que salir hacia afuera. Con mi esperanza latente, cuando acabé de comer me asomé al lugar por el que calculaba que debería salir y, efectivamente, descubrí una entrada a su casita. Acercándome para comprobarlo mejor, pisé por donde él había estado comiendo antes -no sé si por consciencia o inconsciencia-, lo que claramente le sorprendió, pues se asomó aterrorizado hasta el agujero. Inmediatamente salí de allí, dándome cuenta de lo que había provocado.

En este caso la curiosidad casi mató al ratón, de un susto.

Me senté a dormir en la hierba, un poco por apego a aquel crr-crr-crr-crr maravilloso y otro tanto porque era de las pocas zonas con sombra de todo el jardín a aquella hora. Ya por la tarde, sin abandonar el lugar, me senté a meditar, y tras un rato de silencio el ratón empezó otra vez a mordisquear las raíces. Permanecí en silencio con los ojos cerrados mientras él continuaba a mi derecha poniéndose las botas; caí así en la cuenta de que todo el tiempo había estado esperando a que ocurriese algo extraordinario, lo que había desmerecido totalmente lo en sí hermoso de aquel preciso instante.

Me di cuenta de mi anhelo de verle la carita y de que, cada vez que le oía nuevamente comer, en mi interior surgía el deseo de abrir los ojos para comprobar si había salida al exterior y poder entonces verle.

Siguiendo ese pensamiento, me di cuenta de que aunque le hubiera visto asomarse, habría deseado que se hubiera quedado mirando fijamente para mí, entonces sí habría sido increíble. Y, de haberse quedado mirándome, hubiera esperado que se acercase para tocarme. De haberme tocado, habría querido que no se fuese nunca de mi lado y que desease ser mi amigo incondicional para siempre. Y ¿después qué? Imagino que para ese momento estableceríamos una relación de dependencia en la que yo le rescataría de todos los gatos de la zona (en abundancia y con amplia experiencia cazadora) y él me lo agradecería con simpáticas peripecias.

Cuánto tiempo perdemos fantaseando… pero así somos. Nos montamos películas y nos contamos tal cantidad de historias mentales que, entretanto, están ahí ocurriendo las cosas realmente maravillosas a las que quitamos todo su valor por estar esperando ese “algo más”. Al ser consciente de toda la fantasía que me había montado con el ratón, comprendí que de algún modo había destruido la magia de ese instante, o más bien de la tarde que estábamos compartiendo juntos.

En cuanto me di cuenta de las historias que la mente se había inventado sobre un mundo imaginario lleno de deseos y apego, el ratón se volvió muy real para mí. El instante se volvió perfecto tal como era, él allí y yo allá, mientras ambos disfrutábamos de nuestro espacio y nuestra seguridad, nuestros pequeños lujos de la vida diaria, sin esperar nada más el uno del otro. Supongo que esa falta de expectativa fue la que devolvió el sentido al momento mediante el cual entonces puede sentirme en comunión con él, sabiendo que los dos estábamos disfrutando en ese instante eterno de la gracia de vivir.

Como decía al principio, en demasiadas ocasiones nuestra fantasía sobre una vida ideal nos lleva a querer buscar siempre metas más altas, sin disfrutar nunca realmente del lugar en el que estamos y anulando así nuestra capacidad de disfrutar más tarde del lugar al que supuestamente llegaremos.

Pues así estoy, feliz y agradecida por tanto, gratitud que solo es posible cuando estoy aquí y ahora, con lo que ocurre aquí y con lo que la vida me ofrece ahora.

Feliz semana,

Y abrazos de estraperlo.

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