“Cuando un animal desarrolla una enfermedad, ¿pretende liberarnos de algo?”

“Cuando un animal desarrolla una enfermedad, ¿pretende liberarnos de algo?”. Esta pregunta me la han hecho muchas veces, y según acumulo más experiencias mi respuesta se vuelve cada vez más centrada en el todo y menos enfocada en el Yo.

He visto casos de todo tipo y, más allá de las voluntades del animal, me resulta difícil afirmar con total seguridad si somos nosotros los que “generamos” su enfermedad o si es el otro el que “se genera” la enfermedad para armonizarse con nosotros. O ninguna de las dos.

Un ejemplo de esto es que existen casos en los que el animal presenta exactamente los mismos síntomas físicos que está experimentando su responsable aunque la enfermedad en sí sea diferente. En estas situaciones, al entrar en comunicación podemos comprobar que el animal puede haber tomado esa enfermedad de manera consciente o, por el contrario, por vibración.

En el primer caso, el animal desea liberar a la persona de su proceso, por esto al contactar con él expresa frases del tipo: “haría lo que fuera porque mi responsable no sufriese más”. No es que el animal diga “quiero enfermar” y así somatiza una enfermedad, pero el resultado que se genera ocurre de una manera “casualmente” parecida. Resultaría difícil de creer la capacidad que tienen perros, gatos o caballos para aligerar nuestras cargas.

En la segunda situación, el animal es consciente de las circunstancias que vive su responsable pero no tiene ninguna voluntad de intervenir, es más, incluso se puede mostrar respetuoso y con la idea de que es el otro el que ha de vivir su propio proceso. Sin embargo, bien porque su crecimiento vital así lo requiere, bien porque se empapa de la energía del otro, o bien porque hay una lealtad encubierta, el hecho es que acaba desarrollando los mismos síntomas. ¿Estamos entonces perjudicando al animal al vivir cerca nuestra? No creo que me atreviese a afirmar algo así.

Más allá de estos ejemplos quizás un poco obvios, también podemos encontrarnos otros más sutiles en los que la persona no presenta síntomas actualmente pero su desequilibrio, en estando latente, aparece manifestado por coincidencia en el animal. Son ejemplos comunes las insuficiencias respiratorias o los trastornos digestivos, los cuales podrían hablar de la incapacidad en su hogar para sentirse “inspirados” o “nutridos” por la vida. Muy simbólico y representativo.

Al principio, tal vez por agarrarme a una visión más animalista, tendía a culpabilizar a los humanos de los problemas de salud en los animales con los que convivían. Luego, con el tiempo, fui observando que, lejos de culpas -las cuales nos alejan de la acción-, algo me llevaba a sostener la creencia de que nos vamos juntamos según lo que necesitamos vivir.

En relación a lo anterior, creo ciertamente que todos nos eligimos con tiempo suficiente como para saber qué experiencias nos vamos a regalar, buscando con ello nuestro crecimiento (o despertar). Aceptado esto, la idea de que los animales puedan “generarse” una enfermedad por amor hacia nosotros me parece menos descabellada.

Aun así, mi postura en las consultas es bastante contundente: no podemos distraernos con el pasado; no hay tiempo que perder, hay que centrarse en la situación que tenemos ahora. Si nos vemos metidos en barro hasta el cuello no es momento de sentarnos a reflexionar sobre cómo hemos llegado a esa situación sino que debemos tomar acción para salir ya de ese meollo -antes de que nos ahoguemos-, y si después nos sobra tiempo ya nos perderemos en los laberintos de la mente (la cual, por cierto, te mostrará un acertijo tras otro con tal de no perder tu atención).

Dicho esto, lo que sí necesitamos tener claro es que nuestra vida les afecta de forma muy directa, por lo que nuestras ideas sobre lealtades, reencarnaciones o cual sea nuestra creencia no puede eximir nuestra parte de responsabilidad en su proceso. Y, ¿de qué somos responsables? Del estado en el que está nuestra propia vida.

Aquello que estamos sintiendo, pensando y, en general, viviendo, les afecta sin remedio en su forma de concebir y afrontar la vida, consciente o inconscientemente, desarrollando con ello las herramientas necesarias para poder afrontar eso con lo que conviven. ¿Podría ser una de esas herramientas la enfermedad? No sabría afirmarlo con seguridad, pero lo que tengo claro es que, si detectamos que hay similitudes entre su caso y el nuestro, o si somos conscientes de que hay cuestiones en nuestra vida pendientes de resolver, tenemos el deber de “ponernos a bien” con nuestra vida para aliviar su angustia.

Tal vez no podemos afirmar que nuestro malestar les enferma pero sí podemos decir -aunque solo sea por observar nuestra propia experiencia- que no nos gusta ver sufrir a quien amamos y que, por esto, el sufrimiento del otro puede llegar a convertirse en nuestro propio sufrimiento. Si nosotros, que amamos con condiciones, nos angustiamos así, ¿cómo será vernos sufrir para aquel que nos ama incondicionalmente?

Sea por nuestra causa o no lo que le ocurre al animal, podemos saber con certeza que nuestro bienestar les afectará de manera directa. Cuando nosotros estamos relajados ellos están más tranquilos; cuando nosotros somos coherentes ellos reflejan su vida con mayor coherencia.

Pensémoslo sino de otro modo: ¿cómo te sientes cuando la gente que te rodea está feliz y en paz? Es posible que con el bienestar ajeno no desaparezcan tus mochilas, pero estoy segura de que las sentirás menos pesadas.

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