Cuanto más conozco menos sé

Si hay algo de lo que me siento realmente agradecida con la labor que hago es que cuánto más pasa el tiempo más acceso a la información tengo. Trabajar con tantos animales (humanos y no), me permite conocer muchísimas historias diferentes las cuales son gestionadas cada una de un modo totalmente distinto.

Cuando comencé esta misión tendía a ordenar todas las historias en cajitas misteriosas dentro de mi mente: había casos de abusos, de maltrato, de adicciones, de enfermedad, de abandono… y poco más, pero repetido muchas veces. De esta forma, según conocía cada caso, la historia caía en una caja y según se sumaban iba creando unos patrones, sacando mis propias conclusiones al encontrar similitudes entre los elementos de la misma caja. Como curiosidad: si en algún momento alguna historia no encajaba en mi repertorio, lejos de buscarle otra caja, le cortaba las aristas y la metía en la caja de las que me parecían del grupo más parecido.

Ahora, gracias al paso de los años -y a aprender a agachar la cabeza- ya no tengo cajas, en mi mente solo hay seres, y cada uno tiene una historia tan única y maravillosa que sería inviable agruparla con otra similar. No habiendo cajas no hay nada a lo que agarrarse, ni con lo que comparar, ni juicios posibles. En una tabla en blanco todo es nuevo, por eso cada caso me sorprende y así se genera más conocimiento.

Hasta llegar a este punto me he visto juzgando muchas veces. A cambio la gran maestra, la vida, me ha traído esas mismas circunstancias a mi vida las veces que ha considerado necesarias para ayudarme a comprender mejor, con mayor perspectiva, aquello de lo que tan libremente estaba opinado. Creo (el tiempo dirá) estar aprendiendo a reclinarme ante el que está frente a mí, encontrando calma y felicidad en ello, reconociendo que nada sé y que no tengo absolutamente ningún poder -ni ganas, todo sea dicho- de clasificar las vivencias de otros.

Por este motivo, a día de hoy no aspiro a nada más que a acompañar. Desde hace un tiempo mi postura en las consultas es la de la observación y la mediación. Me limito a transmitir lo que llega hasta mí de la forma más fiel posible (teniendo en cuenta que el canal que intermedia es humano y que tiene su propia historia…) y desde ahí ni espero ni busco nada más. Ni opiniones, ni juicios, ni bueno, ni malo, ni mejor o regular.

Desde que he dejado de desear rescatar a los demás (fruto de tanta cajita), y habiendo perdido la aspiración de determinar conclusiones “justas” y “perfectas” sobre cada consulta, he comenzado a disfrutar realmente de lo que hago, sintiéndome libre de presiones (autoimpuestas) y con un profundo agradecimiento porque se me permita estar ahí delante, participando de las creaciones maravillosas que cada uno hace de su vida.

Siempre me he esforzado por hacerlo lo mejor posible con las herramientas de las que disponía en ese momento, y para que esas herramientas mejorasen he tenido que reflexionar caso tras caso sobre lo vivido, lo sentido, lo actuado y lo pensado. Por esto, aprovecho este ratito para agradecer a todos los que me habéis ido enseñado para llegar hasta aquí.

Como cierre y, en relación a lo anterior, cuantas más almas conozco más me doy cuenta de que cada ser es un cúmulo de circunstancias y sincronías únicas, con una historia detrás infinita que, aun siéndonos detalladamente relatada, nunca llegaremos a comprender en su totalidad. Cada reacción que manifestamos es la suma de un bagaje enorme, de muchos aprendizajes que hemos ido guardando desde que estábamos en la barriga de nuestra mamá, por no irme más atrás. Sabiendo esto, ¿con qué poder podríamos juzgar si la reacción que el otro manifiesta es o no acorde a lo que lleva en su mochila?

Esta reflexión viene a introducir el siguiente caso que ahora comparto, pues se trata de dos perros que viven en su hogar una situación de convivencia compleja que me lleva a añadir otra reflexión más: está perfecto intentar hacer todo lo posible por los animales con los que convivimos (sean el perro, el gato o nuestros hijos), pero ante todo debemos buscar siempre nuestra calma interior, nuestro estado de norte. De nada nos sirve ser salvadores de otros si nosotros quedamos en una situación de precipicio en total desequilibrio.

A veces no resulta extremadamente sencillo decir “yo lo haría así…”, pero tú y tus circunstancias nada tienen que ver con las del otro ser, de eso podemos tener total certeza. Aun con todo el conocimiento que pudieras tener de su situación, desde el momento en que naciste en un cuerpo diferente lo que estarás viviendo y sintiendo será de una intensidad en absoluto distinta. Ojalá se asiente esta idea en nosotros para que salte cada vez que sintamos el deseo de señalar a los demás.

Elijo esta frase para finalizar la reflexión: seamos amor. Acojamos al otro no solo con la parte que nos gusta o que creemos ver sino en toda su totalidad. Este puede ser un buen comienzo para crear un mundo amoroso, empezar a oír y leer a los otros no desde donde yo estoy, sino desde donde tú me transmites, sabiendo que nunca llegaré a conocer completamente ese lugar.

Os abrazo fuerte.

Comunicación con Sela y Dako, la espera ante los cambios

 

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