De como la oscuridad anula lo divino de todo lo que existe

A principios de semana tuve un sueño muy desagradable en el cual sentía que la oscuridad me perseguía. No era capaz de sentir luz, paz o calma en nada de lo que me rodeaba por lo que, mientras escapaba, internamente comenzaba a repetir una especie de mantra en el que pedía a Dios que no me abandonase. Lo que más me hizo reflexionar al despertarme fue que, en el transcurso de ese sueño, me aferraba todo el tiempo al recuerdo de la luz, a la sensación desde la mente de ver la vida con belleza, aunque no fuese capaz de sentirlo directamente en el cuerpo. Desde luego fue un sueño que me removió mucho y que me hizo sentirme angustiada ante tal idea.

Como sabemos ya, en donde hay luz hay oscuridad. Aunque por mi labor suelo vivir muy de cerca esa oscuridad, hace mucho tiempo que ya no la siento en mi interior ni me identifico con ella. Hoy no hay espacio en mí para eso y, aun así, ese sueño me permitió recordar con total viveza la sensación de desarraigo, de falta de significado, de desasosiego, de incomprensión… que hace muchos años habitaba en mí de forma permanente. Ese sueño me recordó lo que era sentirse un ser separado de todo lo que se manifestaba a mi alrededor, la sensación de que todos comprendían algún tipo de misterio sobre la vida que para mí no era accesible.

Recuerdo que en aquellos años me molestaba por ejemplo la risa de un niño o, en general, la risa de cualquiera que pareciera feliz, pues en mi forma de entender la vida no se trataba de algo cercano, no podía comprenderlo y por tanto para mí no era real. Cuando veía a todas estas personas reír o simplemente sonreír lo único que pensaba era que se comportaban como unos hipócritas, pues no podía admitir la posibilidad de que alguien pudiese disfrutar del hecho de vivir, de corazón. ¿Cómo aceptar en los otros algo que parecía no estar disponible para mí?

Esta sensación me generó sufrimiento durante mucho tiempo, pensamientos muy oscuros y muy fuertes hacia mí y hacia toda la vida que me rodeaba, haciendo que toda mi forma de concebir el mundo se amoldase a lo que podían percibir esos ojos. A día de hoy me resulta realmente extraño como, con el tiempo, todo aquello se diluyó e incluso el propio recuerdo desapareció.

Cuando desperté del sueño que comentaba al principio al par de horas estaba trabajando con Mondo*, un gato cuyo caso compartiré a continuación. Mientras hablábamos sobre su manera de percibir la vida comprendí perfectamente lo necesario que había sido ese aviso del inconsciente y ese rememorar, pues difícilmente podría empatizar en la totalidad de lo que ese gato me transmitía si yo no traía de nuevo a mí lo que era en verdad la sensación de vivir atrapado por la oscuridad y verlo todo opaco, viera hacia donde viera.

Como inciso, recordar esto me llevó a darme cuenta de que ahora me resulta obvio agradecer la belleza de las flores o del sol y sin embargo quizás haya olvidado agradecer todo lo que fue necesario para poder volver a apreciar ese brillo de las flores y del sol. Me ha impactado recordar de nuevo esa forma de ver, de sentir, en la que todo se vuelve gris, sin progresión, sin intensidad y desde luego sin entender lo que hace especial a todo lo que existe. Si lo pienso, quizás lo vea como una desconexión absoluta de Dios y, por tanto, de la vida.

Estoy muy agradecida a este gato -y a la persona que le trajo hasta mí- por recordarme esa vulnerabilidad humana en la que tanto besamos la luz como la oscuridad, con la misma facilidad, y que según estamos en un lugar u otro es muy fácil olvidar el camino contrario. Siento que este trabajo sirve como ejemplo para comprender mejor a todas esas personas que parecen vivir en permanentes días grises, creo que su forma de transmitir nos puede hacer vislumbrar lo difícil que a veces resulta cambiar de gafas, y la voluntad tan grande necesaria para apreciar los colores de todo lo que existe para dejar atrás la sombra, tan acogedora y a la vez tan asfixiante.

Mi deseo de hoy puede que sea hacia mí misma, de no volver a acercarme a una de esas noches oscuras del alma, tan intensas y tan largas en las que la presencia de Dios parece abandonarnos. Y, por supuesto, mi amor y mi presencia a todos los que están ahora mismo en ese sentir, con la certeza de que en algún momento levantarán la vista y descubrirán ante sí el inmenso brillo de la Vida.

Que la luz se vuelva faro y que, con ello, logremos la perspectiva e ilusión necesarias para seguir sembrando amor.

Con compasión,

Un abrazo.


Puedes leer la comunicación con Mondo aquí:

Comunicación con Mondo, un gato descubriendo los colores de la vida

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