De la impotencia a la reflexión sobre la autosuficiencia

Ojalá estos días entre cuatro paredes estén sirviendo para algo más que tomar clases de cualquiercosaqueseagratuita online… Estamos ante una oportunidad de cambio tan maravillosa que sería una pena que pasara de largo. He pensado sobre ello en estos días.

Muchas personas me han escrito para saber mi opinión sobre todo «esto» y, como ya he dicho, creo que no tengo una opinión clara sobre lo que está ocurriendo. Lo cierto es que he decidido no perder más tiempo en intentar encontrarle una explicación, pues lo que ha ocurrido ya no va a cambiar y tampoco necesito comprender lo que ha pasado para poder entregarme a vivir este preciso -y precioso- momento presente.

Me ocupa mucho el sufrimiento de las personas, el de los que están solos (en un hospital, en su casa), y el de los que viven acompañados (por un maltratador, un adicto, un depresivo, un enfermo terminal). Pienso en todos aquellos que vivían a un centímetro del precipicio de la pobreza y que, desde «esto», no tienen forma de pagar su alquiler, sus recibos… Pienso en los que tienen hijos y no saben qué será de ellos mañana y en los que tienen padres dejando este mundo físico sin una mano que sostener.

Nos creemos súper solidarios saliendo a aplaudir a una ventana cuando, en dos semanas, nos hemos deshumanizado por completo y hemos permitido que nos arrebataran la poca humanidad que nos quedaba, la que nos permitía estar cerca del dolor de los otros. Me siento triste por esto. Y también impotente.

Este es el presente, una bola de fuego de la que solo nos queda esperar a que explote para que, sus llamas, arrasen lo menos posible nuestra vida. Aquellos que rezan pueden encontrar consuelo en rezar, y los que no, al menos pueden reflexionar. Yo me quedo con las dos.

Las orejas del dragón

Esta historia no puede pasar en vano. La secuela de todo esto no puede ser solo económica (por la extrema pobreza que se avecina), ni social (por la desaparición de aquel ciudadano de clase media que desde hace años ya venía tan asfixiado)… Tiene que haber algo más, interior, en cada uno, que diga «la próxima vez me coge libre». Al menos libre en el corazón. Porque nos hemos sumergido en esto sin pensar en que podría haber una próxima vez y sin acordarnos de que el envejecimiento, la enfermedad y la muerte ya estaban ahí antes de que esto ocurriese, y seguirán estando mañana.

He sentido sufrimiento esta semana por no poder ayudar a personas a las que amo las cuales se están viendo azotadas especialmente por la orejas de este dragón; no me imagino cómo será cuando lleguemos a la cola. He pensado qué podía hacer yo, desde aquí, con lo que yo soy, con mis recursos, para ayudarles. He llorado de impotencia y respirado muchas veces, muchísimas, de manera consciente cada vez que esa ansiedad venía arrolladora contra mí y, en esas respiraciones, me he sentido en calma, segura y, entonces, he podido acoger a otros.

Acoger a otros

Cada noche, antes de acostarme, me mantengo algunos minutos en silencio, acogiendo en mi corazón a aquellos a los que amo y que están sufriendo tanto en estos días. Les hago un hueco ahí dentro, en un espacio en el que que cada día entran más y más personas. En ese presente, en esa respiración, encuentro fuerza, paz e incluso alegría.

Estamos aquí, seguimos aquí, y eso es maravilloso.

Hay esperanza, para mí no puede ser de otra manera. Siento en estos días especial aliento para continuar en este camino de autosuficiencia. Sé que pertenezco a una comunidad mayor, que formo parte de un sistema que, aun con sus carencias (tantas), me ofrece múltiples beneficios: carreteras, hospitales… me recuerdo esto cada día, y por eso pago mis impuestos o mi seguridad social, y lo hago con alegría. Pero aun con todo eso, también sé lo que es sentirme con un pie fuera de ese sistema, y poder respirar, por mucho que quieran impedirlo.

Sentarme en la hierba, ver los manzanos florecer, limpiar el musgo de los años, remendar un pantalón, y otro. Hacer pan. Charlar con uno, con otro, vivir con tanta gente. ¿Hacia dónde quiero seguir cuando «esto» aparentemente pase…? Hacia más libertad. Eso es lo que he sacado de esta semana: quiero que mis pasos me den mayor libertad y quiero que esa libertad sea liberadora para otros.

Sé que mi forma de vida no es posible para todos, ni todos tienen interés en ella, pero igualmente sé que hay otras personas deseando sacar también uno de sus pies de ese sistema de arenas movedizas. Por eso quiero compartir algo contigo:

Para mí el primer punto clave para desmarcarse de este sistema -que no salirse, ya que eso es imposible desde el momento en que pisas este planeta- es la espiritualidad, el segundo la vivienda y el tercero la comunidad… y desde ahí, muchos pequeños pasos que irán surgiendo en ti, de tu interior, pues cada uno pide el siguiente. Quisiera aprovechar este ratito para hablarte brevemente de los tres primeros.

La espiritualidad

Creer en algo siempre va a darte aliento para moverte, pero en especial, para mantenerte a flote cuando el viento sople fuerte desde todas partes.

La espiritualidad no es lo mismo que la religión, aunque puedes encontrar en la religión una fuerza espiritual que te permita sentirte unido al Todo, que puedes llamar Dios, conciencia creadora, o energía primera; no sé, seguro que sabes de qué te hablo. En momentos de incertidumbre, de crisis, de sufrimiento… tu espiritualidad, tu concepto sobre la vida y el mundo, van a determinar cómo afrontar las situaciones y qué decisiones tomar, tal vez por esto para mí sea el primer punto que abordar y que trabajar en un camino de autosuficiencia, pues la espiritualidad no es algo que se compra sino algo que se practica y que se nutre día a día, como un jardín. Si te descuidas, adiós jardín.

La vivienda

Para mí, el segundo pilar es la vivienda, y en esto yo he aprendido muchísimo.

En donde yo nací, nuestros abuelos vivían en la casa de sus padres, y si las casas se quedaban pequeñas se ampliaban. Nuestros padres querían ser independientes, ya no querían vivir con sus propios padres, sin embargo sí que pretendían que sus hijos vivieran con ellos, así que también construían grandes casas. Sus hijos, nosotros, queríamos triunfar, y para eso había que irse a las ciudades y tener tu propio apartamento y, si triunfabas mucho, un piso. En su día yo empecé compartiendo piso, luego tuve mi estudio, después mi piso. No viví plena en ninguno de los tres.

Solo una casa con algo de espacio verde va a darte las condiciones necesarias para experimentar con tu autosuficiencia. En España, tal cual están pensados los pisos y las ciudades, es inviable que te plantees un camino como ese (lo cual no implica que puedas llevar igualmente una vida extraordinaria en el décimo piso de una gran ciudad).

La comunidad

Y aquí paso al tercer punto, porque se relaciona directamente con el segundo, la comunidad.

Hemos dejado de pensar en términos de vida comunitaria, los logros son de uno para uno, y si acaso la comunidad es un espacio para compartir ciertas actividades, pero no para vivir. Nos hemos acostumbrado a vivir solos, en donde podemos ser nuestros pequeños tiranos; las cosas se hacen cuando queremos y como queremos. No podemos valorar la vida en sociedad si no cultivamos primero la vida en comunidad.

Vivir en comunidad, con familiares o amigos, exige algo que nos incomoda mucho: hablar, expresar y consensuar. De manera transparente. Ya no puedes hacer siempre lo que quieres, ni cuando quieres, pero puedes hacer muchas otras cosas como verte en la aventura de descubrir y aceptar los hábitos de los demás y ¡reconocer también cuántas manías tienes!

Muchas personas desean unirse a vivir en comunidades cuando ni siquiera puede entenderse con su propia familia. Sin embargo, lo cierto es que cuando vives con otras personas, aunque no las conozcas de nada, tarde o temprano salen todos tus hábitos de convivencia y si algo te molestaba de tu madre o de tu padre, te acabará molestando también en tu compañero.

Conclusión

Existe un problema desde hace muchos años -agravado desde ahora- para adquirir vivienda, en especial casas, pero esta idea se vuelve más asequible cuando se dan dos factores: 1) estar dispuesto a vivir con más personas y 2) tomar la decisión de adaptar tu vida (incluso tu trabajo) hacia el rural, de forma que la casa se vuelva una forma de vida y no un lugar bonito en el que dormir.

Retaría a todo ser humano a volver a vivir con sus familiares mayores, cercanos o lejanos, o al menos, a visitarles de vez en cuando para pasar pequeñas estancias con ellos. Dejarse empapar por su sabiduría, por sus hábitos, tan distintos de los nuestros. Volver al campo y hacer algo con tus manos más que teclear: plantar unas lechugas, podar un árbol, lavar a mano un trapo.

Tu comunidad es la pequeña familia con la que vives (compuesta o no por familiares) y también lo son todos tus vecinos y amigos con los que compartes vida dando un paseo, recogiendo patatas o comentando lo tarde que vienen los tomates este año. A mí esta vida me llena.

Qué alegría los llamados «neorurales», gracias a ellos tenemos de vuelta el amor por la Tierra. Que venga para quedarse.

Te abrazo con presencia,

Y sigo aquí contigo.

En la imagen, un minimundo creado por Iris esta semana.

PD. Gracias al esfuerzo de Ana Zurdo, desde el miércoles ya está disponible el vídeo del encuentro en el que estuvimos hablando de la transición en los animales. Puedes verlo aquí:

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