De la sociedad fragmentada a la sociedad fraterna

Siento que el tiempo del que dispongo para vivir siempre será menos del que me gustaría disfrutar, por mucho que este sea, aunque supongo que este es un deseo común en el ser humano. Pienso entonces, ¿por qué gastar ese tiempo en enfadarme y frustrarme? ¿qué habría aportado al mundo con toda esa ira?

A veces conozco casos tan duros que me apetece realmente echar la boca a pacer y dar rienda suelta a la lucha verbal contra tanta injusticia y falta de consciencia o, dicho de otro modo, ante tanto sufrimiento y tanta falta de amor. Después, recuerdo mis votos, mi compromiso con este planeta y con todos sus seres y transformo entonces esa rabia densa y oscura en compasión y en calma que ofrecer al mundo. Tras algunos años de observación he llegado a la conclusión de que aquello que puedo aportar al mundo, aquello en lo que soy más útil, es en el camino pacífico, intentando sostener con esa paz los deshechos de un fragmento de la sociedad descarriada y sembrando semillas para una sociedad fraterna.

Ayer trabajaba con un perro (PPP) que había sido utilizado, entre otras cosas, para peleas. En estos momentos, mientras está en período de acogida con su nueva responsable, muestra en ciertas ocasiones un comportamiento muy difícil de gestionar, pudiendo ser peligroso para su responsable y para otros animales. Todavía siento el corazón en un puño al conectar de nuevo con sus sensaciones. Conocer su situación me hizo pensar en el verdadero sentido de la empatía, pues siento que aquellos que estamos dispuestos a escuchar este tipo de casos no debemos permanecer solo en el banquillo imaginando qué podría significar vivir encerrado en un lugar oscuro con tus excrementos y sin nada que comer, sino abrirse totalmente a sentir lo que en realidad se puede sentir en una situación así y la secuela que eso puede dejar en cualquier animal.

Debo realizar un esfuerzo de mucha consciencia al pensar en el hombre que estuvo detrás de ese maltrato repetido, violento y deshumanizado como un niño de cinco años asustado al que la vida brindó unas experiencias lo suficientemente duras como para no haber sabido transformarlas en nada mejor. Debo pensar en ese hombre con compasión, deseando que encuentre el camino del amor que le lleve de vuelta a casa. Sé que esa persona no podrá tener ninguna opción de cambiar si yo vuelco mi ira contra él, si en mi corazón le humillo, le insulto y le excluyo del sistema. Debo pensar en él con esperanza, para que se cree en nosotros antes que en él la posibilidad de una sociedad fraterna. Debo mantenerme muy atenta a mi respiración, a mi mente y a mi cuerpo, para poder decirle “comprendo tu dolor; todavía estás a tiempo de vivir de un modo diferente”.

Existen personas que fueron muy violentas e iracundas, cuántas veces rodeadas de adicciones, mentiras, robos… a las que, en un determinado momento, la vida les abrió una puerta para cambiar. Muchos han soportado el peso de ese cambio, teniendo que mirarse cada día al espejo y cargando con la absoluta consciencia de sus acciones; realmente siento que esa tortura es infinitamente mayor que lo que ninguna otra persona podría decirle o hacerle. Personas así se han convertido en seres capaces de ayudar a otros, de acompañar a aquellos de los cuales conocen mejor que nadie su sufrimiento y su dolor.

No podemos abandonar al perro, pero tampoco podemos abandonar a todas las personas que están detrás, a la que comete la osadía de darle un nuevo hogar -aun con el enorme esfuerzo que eso está suponiendo- y al que le torturó por llevar dentro de sí, en su propia historia, un sufrimiento tan inmenso que por su ignorancia no encontró otro modo de canalizar. Esto es realmente la empatía y la compasión: sentir la profundidad de lo que el otro siente, especialmente cuando su forma de sentir no se parece en nada a la mía, y ver el sufrimiento que hay detrás de esa acción, observar en profundidad la falta de amor que genera ese miedo, esa ira, esa frustración… y ofrecerse a ser uno mismo esa mirada amorosa que haga sentir al otro la esperanza necesaria para poder realizar el cambio.

Cuando ayer hablaba con este perro, él no sentía ira, ni siquiera tristeza, solamente tenía miedo: de decepcionar, de no estar a la altura, de no tener nada para comer, de quedarse a oscuras, de ser agredido… Esto me llevó a reflexionar sobre lo variadas que podrían llegar a ser nuestras respuestas ante un pánico y un terror similar a lo que él pudo haber vivido. Por la noche, mientras paseaba plenamente consciente, le llevaba en mi corazón, respirando en calma y sonriéndole, totalmente convencida de que este perro no necesitaba de mi ira ni de mi enfado -hacia un sistema, una sociedad o un individuo- sino que lo mejor que le podía ofrecer, y que puedo ofrecer al mundo, es mi paz y mi sonrisa.

Un abrazo para él, para la valiente que le acompaña y para todos aquellos que día a día os empeñáis en ver esa bondad y esa esperanza en donde otros solo ven oscuridad.

Feliz Día de Acción de Gracias; por un minuto más aquí.

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