El mundo se paró, y yo me bajé

Viernes

El pasado viernes comenzó como un día más. Por la mañana recibí algunas llamadas de familiares y amigos para preguntarme cómo estaba, a lo que respondí que estaba en calma, porque así era. Por su parte ellos parecían encontrarse intranquilos e incluso algo angustiados por el asunto del virus pero yo me sentía feliz y agradecida de estar aquí otro día más. No tener televisión ayuda.

Por la tarde fui a trabajar con normalidad y, ya de vuelta a casa, mientras reflexionaba sobre las yeguas y los perros con los que había estado, me fijé en los carteles luminosos que había en la autovía: «Mejor quédate en casa». Observé entonces que había mucho menos tráfico del habitual.

Puse la radio para ver si me había perdido algo (algo a mayores del ruido que ya venía rugiendo en los días anteriores). Hablaban de mascarillas, de número de casos… y una madre relataba lo angustioso que estaba siendo intentar traer a su hijo menor de vuelta desde otro país. Apagué la radio y sentí compasión por la angustia de aquella madre. Después pensé en todas las madres que, en África, ven cada día morir a sus hijos entre sus brazos por no tener nada para darles de comer. También me acordé de todas las madres que hoy, ahora, en este preciso instante, están con sus hijos en alguna frontera esperando a ser liberados de un campo de refugiados.

Si vamos a hablar de drama, hablemos de todos los males del mundo. Decimos quedarnos en casa para salvar el mundo cuando en realidad seguimos mirando hacia el infinito de nuestro ombligo.

Todavía habita una justiciera en mi interior.

Cuando llegué a casa ya era de noche. Encendí unas velas y puse el teléfono al lado del bote de quinoa, el único lugar de la cabaña en donde coge cobertura. Llevaba desde el mediodía sin leer nada así que empecé por orden de prioridad: una persona muy cercana a mí me había enviado fotos de estantes de supermercado vacíos y, en general, mensajes de mucha histeria. Me enfadé bastante porque no comprendía nada, y de lo poco que comprendía no podía creer lo fácil que estaba resultando desmontar todo un sistema y controlar a la población cuando tienes a la gente atrapada en la telaraña de la vida en ciudad.

Apagué las velas y me tumbé en la cama a respirar. Pensé sobre lo diferente que era mi realidad -y la de tantas personas del rural-, e imaginé lo angustioso que estaba siendo para otra gente encontrarse en medio de esta historia. También me di cuenta de lo fácil que resulta, para quien tiene poder, convertir una story en history.

Sábado

Mi pareja y yo reflexionamos sobre el tema, y al día siguiente por la mañana nos fuimos a plantar patatas. Pasamos toda la mañana preparando la tierra y poniendo, una por una, cada una de esas maravillosas patatas. Lo hicimos con el mismo mimo con el que cogeríamos a un bebé recién nacido, frágil y a la vez dispuesto para crecer y brillar. De vez en cuando parábamos, sonreíamos y nos dábamos cuenta de lo privilegiados que éramos por poder disfrutar de un lugar como ese.

Por la tarde, nos fuimos al molino a moler trigo y maíz para después hacer pan. Mientras Jorge se encargaba de esto, no me pude resistir a subir algunos metros en la montaña y acercarme a un rebaño de ovejas. Había unas quince ovejas pastando libremente, felices de estar ahí, al sol, comiendo lo que la tierra les daba y dejándose acompañar por mí. Me sentí muy afortunada. Estaba tan viva y tan feliz… El sonido del agua bajando, el molino trabajando, las ovejas acompañando. En frente el valle, y más abajo Vigo.

De repente me vino este pensamiento: «El mundo se paró, y yo me bajé».

Así lo sentí, el mundo estaba colapsado y yo estaba disfrutando de un día maravilloso, que no normal. Fue un día extraordinario y eso me ha hecho pensar.

Estos días he comprobado lo privilegiada que soy de poder estar aquí, en este lugar, disfrutando de un oasis en medio de un enorme desierto. No ha sido fácil llegar hasta aquí, y hay muchos frentes abiertos sobre el día de mañana, pero estoy teniendo en este preciso instante el lujo de poder disfrutar de un entorno de paz para mí y para mi familia en el que, si bien las cosas han cambiado, hemos podido adaptarnos con facilidad.

Domingo

El domingo todo esto me parecía una película, pero no por lo que a mí me pueda limitar, sino por lo que vendrá después. Es probable que en este punto tu visión varíe según si trabajas por cuenta propia o por cuenta ajena, tal vez sea la diferencia entre sentir cómo se acerca una ola a un castillo de arena o tener unas vacaciones.

Al mediodía me senté a rezar diciendo «Dios mío, mantenme a salvo… de la ignorancia y de la indiferencia». No me voy a parar ahora a explicarte lo de rezar y lo de Dios mío, ya he hablado antes de eso, pero sí quería decirte dos cosas que he sacado en claro después de parar y respirar:

· la primera es que he hecho un gran esfuerzo por no quedarme al margen de todo esto. Si bien creo que el miedo a la muerte es un filón con el que se puede lograr controlar a cualquier ser humano, tampoco siento que la indiferencia sea una respuesta, así que he decidido acatar todo lo que ordenen, aunque no me lo crea. Podría resumirlo en que, al margen de mis ideas, me he quedado en casa.

· la segunda es que agradezco muchísimo la oportunidad de este tiempo para decidir hacia dónde quiero llevar realmente el camino de mi vida. Te lo voy a explicar con lo que viene a continuación.

Mi pesadilla

Con frecuencia tengo una pesadilla recurrente: personas a las que no conozco me persiguen para intentar matarme con la finalidad de que no desvele algún tipo de conocimiento que poseo (por lo general de manera fortuita, por ejemplo al haber estado presente mientras se decía o hacía algo secreto).

En lo que dura el sueño, permanezco todo el tiempo escapando para intentar salvarme, a veces me defiendo pero solo para continuar corriendo y encontrar un lugar en el que esconderme. Cuando parece que encuentro un sitio en el que poder descansar, de nuevo les siento acercarse y tengo que seguir escapando. En estos sueños siempre es de noche y las circunstancias adversas: llueve, todo está sucio, no hay luz… A veces me despierto gritando cuando me matan y otras veces me despierto agotada y angustiada en medio de esa persecución.

Podría decirse que, mientras duermo, me he muerto muchas veces. Me han apuñalado, me han asfixiado, me ha dado un infarto, me han atropellado o me he quedado aplastada bajo unos maderos mientras me escondía. La repetición de esta aventura me ha permitido reconciliarme con la muerte en muchas ocasiones. No considero que sea un persona que tema a la muerte, ni tampoco al sufrimiento aunque me preocupa el sufrimiento que puedan vivir los demás. Como a tantas personas, me gustaría vivir mucho y además vivir bien, pero también acepto que si este fuese mi último día estaría bien así.

Algunos detalles

He pensado muchas veces sobre este sueño. Al principio me agobiaba la idea de que algo así pudiera ocurrir de verdad en mi vida porque, fuera de ese plano onírico, lo cierto es que no poseo la capacidad física para pasarme un día corriendo, saltando o enfrentándome a nadie, ni con un palo ni con una palabra. Es obvio que la persona que sale en esas imágenes pareciendo ser yo no se parece en nada a esta yo de ahora.

Me encantaría tener la fortaleza para hacer jinkanas urbanas, pero mis condiciones de salud no tienen nada que ver con eso, no podría ir corriendo ni al portal. De hecho mi salud, y en concreto mi corazón y mis pulmones podrían hacer que sintiese mucho miedo en estos días pero, lejos de asustarme con mi avería, disfruto de todo lo que está bien en mí y también me alegro al pensar en ese concepto de mujer atlética y valerosa que esconde mi inconsciente.

Otra cuestión que me llama la atención es la capacidad que tengo en ese otro mundo para estar metida en líos. En esta realidad, mi lema es evitar cualquier conflicto y ahí está, posiblemente, una de las primeras claves de estos sueños: mi tendencia a huir de los enfrentamientos y buscar siempre que se restablezca la paz allá en donde estoy. Quizás por esto, acate cualquier restricción que se imponga en estos días; por mucho que sepa quién está detrás de la marioneta he decidido quedarme a ver la función.

Desde que era niña tengo una gran facilidad para evitar que los conflictos se asienten pero eso no siempre me ha dado alegrías. Más de una vez me he metido en donde no debía por no ser capaz de aceptar los conflictos de los demás, y eso tampoco ha estado bien. Recuerdo en mi infancia el silencio que había entre mis padres. Tendían a mandarse frases cortantes e hirientes pero no recuerdo oírles gritar o discutir delante mía, aunque sé que ocurría cuando yo no estaba delante. Supongo que desde ahí elaboré esa técnica de supervivencia reaccionando cada vez que oía a alguien hablar de forma hostil.

Como inciso, he descubierto que muchas personas, en especial parejas, desean seguir manteniendo esa forma de comunicarse, pues si no es a través de el pique y el malmeter no saben cómo encontrarse. A menudo confundimos bromear con ponzoñear, y la ponzoña pudre cualquier relación. Antes intervenía para buscar un encuentro pero ahora lo más probable es que me marche del lugar.

A dónde quería llegar…

Aunque este sueño da para mucho que reflexionar, quisiera quedarme con una última pregunta que es, en realidad, a donde quería llegar: ¿qué es exactamente lo que me persigue?

Desde el 2017, cuando escribí el libro del mensaje de los Gorilas, he ido dando pasos hacia una vida diferente, más acorde a la naturaleza y a lo que este planeta espera del ser humano. Algunos de esos pasos han sido muy elegantes, sobre una alfombra de terciopelo dorado, pero otros han sido auténticos saltos al vacío en acantilados pedregosos. Es posible que justo ahora, y en general en este año, me encuentre en demasiadas ocasiones luchando contra mis propios pasos, alternando entre saltar y quedarme clavada en el suelo. Y esa indecisión es la que me persigue.

El tiempo que estamos viviendo es la mejor oportunidad que podía haberme dado la vida para decidir hacia dónde será el siguiente paso, pero esta oportunidad no es solo para mí, sino también para ti. Como europeo de mediana edad, probablemente no vayas a vivir una situación ni parecida a lo que viene de ahora en adelante.

Es posible que no te hayas planteado dejar de vivir en una ciudad (dejar de vivir, que no es lo mismo que dejar de dormir), sin embargo, si alguna vez has pensado en ello tal vez debas reflexionar sobre qué tendría que cambiar para decidirte a hacer ese cambio ahora. Dicho de otra forma: ¿cuál es tu límite para continuar al servicio del sistema?

Nos han vendido que debíamos colaborar con el sistema cuando en realidad lo que pretendían era que viviésemos a su servicio, y les ha salido bastante bien… Hacen falta situaciones como esta para ver hasta qué punto esto es así. Colaborar y servir son dos cosas muy distintas, pero este es un tema para otro día.

Disfruta de esta semana y, aunque estés confinado, recuerda hacer cosas que te hagan feliz. La vida sigue ocurriendo AHORA.

Abrazos presentes.

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4 Comments
  1. Nuria Martínez Márquez 20 marzo, 2020 at 15:26 - Reply

    Como si lo hubiera escrito yo misma.
    Tambien lejos del mundanal ruido sintiéndome ajena a la “película” y agradecida por haberme creado mi propia realidad paralela entre árboles y naturaleza.
    Y sin embargo atada al resto de los seres humanos de algún modo soñando como alargo mi mano para sostenerles a todos.
    Tiempos difíciles… a ver que aprendemos… sea cual sea nuestra realidad.
    Abracitos 🌹

    • Alba Kensho 22 marzo, 2020 at 11:38 - Reply

      Estamos interconectados todo el tiempo, estemos más o menos de acuerdo vivimos conectados al mundo que nos rodea, a través de las personas a las que amamos, de esos fragmentos del sistema de los que nos beneficiamos (como los hospitales, las carreteras…). Tal vez por eso, en lo que podamos, debemos seguir ahí, apoyando y dando esa mano como dices, sabiendo que sea como sea nuestra película nunca existiría por sí misma de no estar conectada a lo demás.
      Te abrazo fuerte Nuria, gracias por tu comentario.

  2. Lía 20 marzo, 2020 at 14:11 - Reply

    Hola Alba. Después de leer tus pensamientos y sentimientos, me he sentido en resonancia con ellos. Vivo cerca de la ciudad, pero donde hay campos, rodeada de casas, espacio y silencio y me gusta.Y me siento ajena a la histeria colectiva, no siento miedo, pánico o temor alguno, más bien paz, como si estuviese al margen de todo el terror sembrado. Va conmigo, con mi forma de querer vivir… Me desplazo a la ciudad, hago las gestiones, soporto el tráfico, los olores…. y en cuanto termino, corro a respirar a donde vivo. También este confinamiento me lleva a reflexionar, y lo hago en cómo puedo hacer el cambio a otro tipo de vida.. me siento como aprisionada por un sistema que no me gusta, un trabajo que no me gusta ( pero que me genera unos ingresos para hacer frente a gastos cotidianos e inevitables) … y sólo tengo ganas de escapar, de bajarme de esta realidad asfixiante. Soy feliz en mi, en mi interior, en mi casa, en mi vida, en mi soledad acompañada por mí, en la luz del día, en el canto de los pájaros, de los grillos al anochecer .. en el silencio! Continúo mi búsqueda en hallar el equilibrio y lograr el cambio hacia la total plenitud de esta mi existencia en esta realidad. Con Amor, de mi corazón al infinito. Gracias por leerme!

    • Alba Kensho 22 marzo, 2020 at 11:40 - Reply

      Cuánto te comprendo! Esa es la oportunidad de estos días, el poder encontrar ese camino intermedio que nos permita disfrutar con mayor intensidad la vida que deseamos vivir. Continuemos observando, y respirando!
      Gracias por tu aportación, tan afines…
      Abrazos inmensos.

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