Entre la protección y la libertad

A raíz de un caso me surgió la siguiente reflexión:

Existe una idea generalizada sobre la necesidad de proteger a los animales domésticos como si fuesen seres desvalidos. He visto casos en los que los responsables creían y defendían intensamente la parte profunda de “su” perro o gato como seres llenos de grandes sentimientos y emociones y, sin embargo, no estaban abiertos (o no inicialmente) a que el animal tomase sus propias decisiones sobre su futuro, bienestar… especialmente cuando esas decisiones ponían en potencial peligro su seguridad física.

En cierto modo, acostumbro a encontrar similitudes entre la maternidad y el cuidado de un animal doméstico, sobre todo cuando se trata de gatos. Un caso es que se me hace habitual oír “mi gato es súper sabio y espiritual” pero, si por ejemplo vive en una casa, no tiene permiso para salir al jardín.

¿Qué argumentos suelen darse para no dejar salir a un gato a pasear? Lo más importante antes de continuar es que en las consultas esto no se suele recibir como un juicio sino como una invitación a la reflexión sobre los propios valores y la coherencia entre ellos. Dicho esto, normalmente el primer argumento es que el responsable está para velar por la seguridad del animal por lo que hará todo lo posible con tal de evitarle cualquier daño físico pero sin embargo, cuando profundizamos un poco, observamos que el segundo motivo que retiene al animal en casa es el miedo propio a perderlo, bien porque alguien se lo lleve o porque sufra un accidente.

¿Veo a este gato como un compañero de vida que decide compartir parte de su experiencia vital conmigo? ¿O veo a ese animal como un ser vulnerable e inexperto que necesita de mi constante intervención para sobrevivir?

Con todo esto, planteo una pregunta para la reflexión (anticipando que yo no siento una respuesta absoluta): ¿estoy dispuesto a asumir la responsabilidad de coartar la libertad de ese animal o cargo con el peso de “darle” una libertad (la cual por cierto es siempre suya) para que haga lo que desee aunque eso signifique no volver jamás?

Al igual que con los hijos hace falta mucha valentía para mandarlos solos a comprar el pan, también es necesaria mucha confianza y fe para dejar salir a un gato a merodear. Con todo esto, aun así me atrevo a aportar que he oído muchas veces a los gatos (y diría que a prácticamente todas las especies con las que he comunicado) manifestar su clara preferencia por morir libres y jóvenes antes que encerrados y mayores… pero igualmente qué dura es esa decisión.

Para mí creo que no existe una respuesta correcta a todo esto, aunque sí creo que es valioso que cada uno valore a dónde le mueve esta reflexión. A veces nos cargamos con el peso de tener que velar por la seguridad del otro sin valorar que por encima de la seguridad debiera estar siempre la libertad y la felicidad, y en especial la del otro antes que la mía. ¿Cuántos estamos dispuestos a amar de ese modo?

Quiero mandar un abrazo enorme a todos los valientes que cada mañana abren la puerta a sus seres amados, rompiendo el miedo y confiando en el bien mayor por encima de los propios sentimientos, permitiendo a los demás que vivan en su máxima esencia, que experimenten, que crezcan… sabiendo que confiar no es dar por hecho que el otro siempre va a volver sino que, ocurra lo que ocurra, será aquello que había de ocurrir.

Gracias L. e I. por haberme enseñado tanto en vuestro viaje hacia la libertad.

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