Entre vivir mucho y vivir bien

Los humanos tenemos una tendencia natural a querer preservar la vida el máximo tiempo posible y en el mejor estado de conservación imaginable. Con frecuencia, lo que esto implica es no asumir riesgos o, lo que es lo mismo, vivir en “modo prevención”.

Todo lo asumimos desde el “por si acaso”, así nos lo transmitieron nuestros padres y así se lo transmitimos a nuestros hijos. En mi caso concreto, fui criada por mi madre en el miedo, con puñados de recuerdos que comienzan con frases del tipo “cuidado Albiña…”. Con ese escenario, no podía salir sola, no podía subirme a nada y, en general, por mi estado de salud llegó un momento en el que no podía hacer nada que implicase algún esfuerzo o riesgo físico, por miedo a que me fatigase, marease o cualquier otra desgracia.

Tengo que reconocer que durante mucho tiempo fue genial ser una niña especial y delicada, pues es evidente que eso me proporcionó muchos beneficios, como por ejemplo no tener que hacer gimnasia en el colegio. Pero -como toda realidad, siempre hay dos caras- eso también implicó que durante los últimos años me encontrase con un saco enorme de pensamientos limitantes que apuntaban constantemente a que cualquier circunstancia podía ser un peligro potencial para mí.

Ha sido un esfuerzo -y quizás todavía lo esté siendo- salir de esa “educación de la prevención”. Me he dado cuenta de que no es eso lo que quiero transmitir a los que vienen detrás de mí y eso está implicando no solo darles libertad sino aprender cuál es la libertad exacta que, sigue mostrando mi amor y preocupación por el otro, pero a la vez reconoce su derecho a vivir y por tanto a descubrir, experimentar y aprender por sí mismo, aunque sea a base de prueba y error.

Algo que observo con frecuencia es que, este pensamiento que traemos de nuestras casas, al final no solo lo llevamos a nuestros hijos, sino a todos los que dependen de nosotros, incluidos por supuesto perros y gatos. Con estos dos últimos, que después de todo son con los que más trato a diario, hay una tendencia clara a esa preservación de la vida al cualquier precio.

Es bastante habitual que nos mostremos sobreprotectores con los animales domésticos, tal vez por esa visión vulnerable que tenemos de ellos de la que ya he hablado en otras ocasiones. Así, y siguiendo la psicología del miedo que invade todos los sectores, cuando vamos al veterinario y nos dan un veredicto fatídico -y hasta puede que catastrofista, depende con quien demos-, cogemos las cajas de pastillas que nos dan, la lista de pautas inamovibles para un vida longeva, decimos a todo que sí, y con la mandíbula desencajada nos vamos a casa con un animal que hacía una hora nos iba a vivir eternamente y que, desde hace unos minutos, resulta que “se nos va a morir” ya.

Cuando me encuentro con estos casos me gusta parar un momento, respirar y, desde la calma, invitar al humano responsable de ese animal a esta reflexión: para ti qué es más importante ¿vivir mucho o vivir bien?

Por lo general lo queremos todo, queremos vivir cien años con una vitalidad que nos permita escalar montañas, sin pararnos a reflexionar que ni siquiera cuando teníamos treinta aprovechábamos nuestra energía para ir andando al supermercado…

Esto me lleva a reflexionar dos cosas, por un lado que tenemos muy poca consciencia sobre la realidad de la muerte, la cual nos pisa los talones cada día y además nos lo hace a todos, sin discriminación. Por otra parte, tenemos una visión de la vida a veces un poco en “formato porcelana”, agarrándonos a la creencia de que cuanto más la metamos en una urna más tiempo nos durará, y parece que olvidamos que en cualquier momento puede pasar un niño jugando (¡viviendo!), tropezar con la urna y cargarse la vajilla entera sin que te de tiempo ni de pestañear. ¿De qué me sirve tener una vajilla preciosa si nunca puedo comer en ella?

Ayer trabajaba con un perro abuelete quejoso de las articulaciones, las patas, la cadera… y fatigado con el calor, el esfuerzo y hasta con su propia excitación pero, aun con todos los diagnósticos, un perro la mar de feliz. Curiosamente, incluso tiene dificultades para seguir sus propios pensamientos y recordar las cosas, haciendo que por ejemplo se proponga ir a una zona del jardín y a mitad de camino se olvide, lo que le hace dar vueltas hasta que se le ocurre cualquier otra cosa que hacer. Sin embargo, esta nueva “cualidad” de su mente lejos de generarle miedo, angustia o tristeza -como nos podría ocurrir a nosotros- a él le provoca renovación y alegría, que se traduce en que para él todo es nuevo, todo el tiempo.

Cada vez que levanta la cabeza y le da el aire en la cara lo siente como una sensación absolutamente nueva, como el niño que toca la arena de la playa por primera vez. Y lo mismo le ocurre cada vez que ladran los perros del vecino, que sale corriendo repleto de entusiasmo para llegar hasta los límites de la finca y enterarse el primero de lo que está pasando en el barrio. Esta hazaña le implica saltar un muro y sortear varios obstáculos como si dispusiese de la agilidad de un cachorro, lo cual conlleva que después esté un poco dolorido con su cuerpo -lo que hace que en ocasiones necesite de algún calmante-, pero manteniendo igualmente su estado de felicidad y plenitud.

¿Qué es lo correcto ante una situación así? Podemos reñirle para que no vaya corriendo, guardarlo en una zona más acotada para que no pueda recorrer toda la finca, u otras soluciones que no quiero ni mencionar, pero lo que es seguro es que ninguna de esas opciones le va a generar la misma felicidad y plenitud que ir con sus compañeras a cotillear a la verja. Aun con todo esto, si ese estado de felicidad que el siente no nos pareciese suficiente argumento para dejarle hacer esas jinkanas, a mí se me ocurre uno todavía más esclarecedor: ninguna de esas decisiones de “miedo y prevención” que tomemos nos van a asegurar que tengamos al perro vivo durante más tiempo.

Quizás me esté convirtiendo en una madre consentidora (risa) pero cada vez veo más claro que lo que determina la felicidad de cada uno no es vivir mucho, sino vivir a tope, y esto no significa ser un suicida, sino hacer lo que uno siente cuando lo siente, sabiendo que el día de hoy es un regalo y que el de mañana nadie lo asegura. Por esto, cuando me encuentro en las consultas con animales en fase de jubilación cuyo entorno está en estado de miedo hacia la muerte, la enfermedad o el sufrimiento, no puedo evitar ponerme del lado de la vida, es decir, del lado de esas perros y gatos que lo único que desean es vivir, al límite, dure el tiempo que eso dure.

Que tengáis un día intensamente perruno, y que vuestra visión de la vida se renueve a cada instante.

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