Familias de diferentes especies, edades y necesidades

Cuando era niña los perros protegían la casa y los gatos cazaban ratones. Sin embargo, el estilo de vida de las ciudades hizo que estas especies tuviesen en los últimos años cada vez más presencia en los hogares, pasando a desempeñar el papel de animales de compañía y no de herramientas. Así, tanto perros como gatos, comenzaron a ocupar un lugar crucial dentro de las familias.

A pesar de esto, si observamos en profundidad la expresión «animal de compañía», podemos ver que continúa llevando implícita de nuevo la connotación del servicio ya que es el animal el que debe cumplir la función de acompañarnos para lograr que nos sintamos menos solos. De esta forma, muchas personas han cambiado su visión del perro guardián al perro que mima, pero aun con eso su relación continúa sin ser de igual a igual, pues el animal continúa siendo un medio para un fin: compensar una necesidad emocional que no logramos cubrir de otro modo.

Yendo un paso más allá, existen muchas otras personas que han integrado por completo a otras especies animales en su estructura familiar. En esos casos, ya no se trata de un animal que nos acompaña sino de un animal al que nosotros acompañamos. Bajo esta visión, el perro no está ahí para hacernos gracias cuando estamos tristes sino que nos entregamos a compartirlo todo en nuestro día a día: vamos juntos a hacer la compra, paseamos juntos por el parque, tomamos algo juntos en un terraza…

Hemos pasado a ver a perros y gatos como un integrante más de la familia, dándonos a ellos por completo y recibiendo con agrado su gratitud. Nos los llevamos de viaje, a comer con los amigos, o nos quedamos en casa acompañándolos cuando están malitos. Me pregunto, ¿está nuestro sistema preparado para acoger un cambio social como este?

Casi sin darnos cuenta, los animales domésticos -en especial los perros- se han colado de manera sigilosa en el rol de los hijos sin que seamos totalmente conscientes de lo que eso puede conllevar para ellos, en especial cuando aparecen un tiempo más tarde los hijos humanos.

En las consultas me encuentro con personas -por lo general mujeres- cuya disposición hacia los seres con los que conviven es absoluta, del mismo modo en que cualquier madre haría con un hijo. Con frecuencia, estas mismas mujeres que se desviven por sus compañeros animales sufren enormemente cuando entra en la familia un hijo humano y deben desplazar el lugar de aquel que le había acompañado con entrega durante tantos años. Esta semana trabajaba con una de esas mujeres y el caso me tocó muy de cerca, pues yo también estoy en ese grupo.

Una idea está clara: cuando tienes un segundo hijo no puedes pretender que el primero siga disfrutando de las mismas atenciones. Físicamente abarcas lo que abarcas, y como no puedes desdoblarte tu tiempo para amar en exclusiva se fracciona cada vez en secciones más pequeñas cuantos más seres tienes a tu cargo. Si vives con cuatro perros no puedes darles la misma atención y exclusividad que si vives con uno. Como es obvio con los hijos ocurre lo mismo, aquel que es hijo único recibe unos privilegios que no puede disfrutar si tiene tres hermanos más.

Si nuestra familia está compuesta de humanos, gatos y perros de diversas edades, nuestra atención estará desperdigada de forma que los más vulnerables -bebés, cachorros o enfermos- reciban unos cuidados que el resto no pueden disfrutar. Pero este comportamiento que observas en el microcosmos de tu familia no es nada por lo que debas sentirte culpable, esas diferencias de atención representan en realidad lo que es en sí la vida.

Relacionarse no es disponer en exclusividad de otro ser para exprimirle y focalizar sobre él todo nuestro amor. La vida es compartir y dar sin mesura a todo el que pueda recibir, pero en especial a aquellos que más nos necesitan. Un bebé recién nacido tiene unas necesidades que no tiene un perro sano adulto o un hijo en edad escolar; así como un hijo universitario no requiere de la misma atención que un gato en cuidados paliativos. Hay que permanecer especialmente atentos a las necesidades de los seres a los que amamos para no caernos en un pozo de principios.

Así como no debemos pretender que, como madres, seamos la única fuente de atención y amor para nuestro hijo o hija, tampoco debemos cargarnos con la responsabilidad de que, sin nuestra atención, la vida del perro o el gato deja de tener sentido. Si bien es cierto que hay animales cuya única motivación para vivir es nuestra presencia, es nuestro deber como responsables estimularles para hacerles menos dependientes de nosotros, logrando que disfruten de la vida por el valor que tiene ésta en sí misma y no por el significado añadido que le damos nosotros con nuestra presencia.

La convivencia con seres de diferentes especies, edades y necesidades es una oportunidad de enriquecimiento para todos, y debiera ser parte del crecimiento y el desarrollo de todos los seres. La culpa que nace en nuestro interior cuando otro ser se incorpora al grupo procede de una visión individualista que nada tiene que ver con el espíritu comunitario que impera en otras especies.

Es cierto que cuando entra un bebé en la familia todos tenemos que adaptarnos, los ritmos son diferentes, los horarios cambian, nos sentimos más cansados y los días se escurren sin haber hecho aparentemente nada de provecho, pero después de un tiempo esa sensación mengua y se restaura cierta normalidad. A partir de ese instante cada uno puede asentarse en la que será su nueva posición dentro de la familia y vivirlo como una riqueza, no como tristeza.

Cuántas veces nos cargamos de culpas cuando podríamos disipar esos nubarrones aceptando lo que Es, y apreciando las virtudes que solo esa nueva situación puede brindarnos. Debemos hacer un esfuerzo por seguir encontrando instantes en los que compartir cierta intimidad con cada uno de los integrantes de nuestra familia pero también debemos valorar que los cambios en nuestro ecosistema propician formas diferentes de disfrutar de la vida, aprendiendo de otros seres, de otras visiones, y de otras necesidades vitales distintas. Todas estas experiencias que les estamos ofreciendo mediante la sola convivencia les están ayudando a completar su visión sobre qué es la vida y cuánto puede dar de sí.

¿Logras encontrar ratitos de intimidad con cada uno de los integrantes de tu familia? Este es el reto que te planteo esta semana: que busques cómo mejorar en lo que puedas mejorar y, en lo demás, que aceptes que este es el momento que estáis viviendo ahora. Cuando tengáis un ratito juntos, por pequeño que sea, será realmente maravilloso e íntimo para ambos, lo pases con el perro que te ha acompañado una década, con tu hijo mayor al que ya casi nunca ves, o con ese familiar al que te has comprometido a cuidar. Cualquiera que conviva contigo se alegrará de que pares un instante tu día, respires profundamente y le digas «esta sonrisa es para ti».

Abrazos.

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2 Comments
  1. Sara 28 febrero, 2020 at 11:31 - Reply

    Ai Alba!
    A de remordementos que me tería aforrado de ter acudido a ti antes!
    Tanto a túa labor como as túas reflexións son un gran aporte ao mundo! Moitas gracias infinitas 🙏🏾

    • Alba Kensho 6 marzo, 2020 at 09:53 - Reply

      Gracias a vos <3
      Apertas

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