La infancia y los hermanos

A veces me pregunto qué pensará mi hija de su infancia cuando sea adulta.

Poder hablar de mis primeros años de vida con los adultos de aquella época me hace darme cuenta de lo diferentes que pueden ser las visiones de cada uno sobre una misma situación. Creo que esa diferencia de percepciones viene determinada por muchos factores como: el papel que nos tocó desempeñar en dicha etapa, la propia situación en sí y un sinfín de condiciones como pueden ser las experiencias que hemos acumulado con anterioridad (y lo mucho o poco que aprendimos de ellas).

Trabajar con familias me permite ver esto cada día. Cuando estoy comunicando con un animal, intento reunirme con todos los miembros con los que convive para que todos puedan expresar esa diferencia de visiones ante lo que parece una misma situación.

La semana pasada, por ejemplo, trabajaba con una gatita que convive con varias humanas a las cuales ve como a sus hermanas. Como ya comenté otras veces, los animales acostumbran a tomar roles “muy humanos” dentro de las familias y, aunque no siempre se da así, lo más frecuente es que se sientan como padres, madres, hijos, hermanos, amigos o incluso compañeros de los humanos con los que conviven.

Para esta gata, la relación que le unía a sus hermanas suponía una constante exigencia hacia sí misma. Describía que siempre pretendía estar a la altura, ser igual, valerse por sí misma, ser responsable… pero a la vez también decía que en muchas ocasiones se sentía agotada de tener que ser tan autosuficiente, tan responsable, y que lo que de verdad deseaba era poder ser “la pequeña”: recibir mimos, relajarse, y sentir en sus humanas algo más parecido a madres que a hermanas.

Dicho con otras palabras, esta gatita sentía que la relación que mantenía con su familia era de igualdad. Lo que podría ser maravilloso para otro animal, para ella resultaba demasiado estresante ya que provocaba que todo el tiempo intentase estar al nivel de perfección en el que percibía que estaban las demás. A su vez, su idea de la perfección hacía que fuese bastante exigente con su responsable en aspectos como, por ejemplo, su vida laboral (¡aunque suene extraño es bastante habitual!).

Esta especie de presión autoimpuesta, bajo mi visión, quedaría suavizada con una sobredosis de ternura y afecto. Sin embargo, al tratarse de una gata a la que le cuesta relajarse, resulta difícil conquistarla con mimos. Al conectar con su cuerpo para percibir cómo era su sensación ante el contacto físico, sentía la rigidez de quien no es capaz de recibir un abrazo; curiosamente esta gata presenta muchos problemas de piel, el gran órgano del sentir. ¿Cómo podría abrirse a sentir si toda su energía está volcada en ser tan perfecta como las demás?

Si lo pensamos en nosotros mismos, ¿cuántas veces deseamos sentirnos cuidados y protegidos por otros pero estamos tan acostumbrados a nuestra independencia que no somos capaces de recibir el afecto de los demás?

Desde pequeñitos aprendemos múltiples maneras de sobrevivir creando una forma determinada de relacionarnos que fortalezca nuestra propia sensación de seguridad, en cómo somos con los demás seres de nuestra familia y también con el entorno. A veces, es necesario que nos hagamos adultos y que pasen muchos años para darnos cuenta de cuánto nos aíslan esos mecanismos que un día nos ayudaron a sobrevivir.

En relación a este caso, cuando la gatita acabó de expresar sus miedos, preocupaciones y deseos, la persona responsable expresó cómo identificaba en aquellas palabras lo que había sido su propia infancia: una niña que se valía por sí misma y que, tal vez por valerse tanto, sentía que no había una mirada de cuidado para ella. Al hacer la comunicación, como suele ocurrir con estas consultas, se abrieron viejos recuerdos de infancia que plantearon algunos retos.

Pretendíamos ayudar a la gata permitiéndose que se expresara, preparándole una fórmula floral para que estuviese más tranquila, y haciendo pequeños cambios en su vida diaria como jugar más con ella o abrir un espacio diferente para expresar cariño. Sin embargo, al observar que el vínculo que sentía con su humana era tan fuerte, recordé a su responsable que todo lo que hiciese por allanar su propia vida beneficiaría directamente al animal. Mi experiencia comunicando me hace ver que si de verdad deseamos vivir con un gato feliz lo que necesitamos es un humano feliz acompañándole.

La gata estaba plasmando en su comportamiento algunas heridas que su responsable tenía con su propia infancia, y aunque estas heridas estaban localizadas, todavía supuraban por momentos. El encuentro nos hizo ver lo interesante que podría resultar que compartiese con su propia hermana lo que había sido para ella su propia infancia y cómo eso estaba afectando (o determinando) su visión actual de la vida.

Azar o no, en el mismo día mantuve una conversación con mi hermano precisamente sobre esas viejas heridas que con frecuencia pesan más como adultos que como niños. Él me había transmitido días antes que a veces le daba pena pensar en que de niña yo hubiera sufrido y que él no hubiera podido protegerme, no por no querer, sino por no haber sido consciente de ese sufrimiento. Tardé en tener una respuesta, pero cuando me surgió fue algo parecido a esto: todavía puedes abrazar a la niña que fui y que vive en mí, como también puedes cuidarme y protegerme a través de todos los niños que llegan a tu vida.

Siento que necesitamos aprender a hablar de nuestras heridas, como también necesitamos aprender a encontrar el momento para hacerlo. Las personas de nuestra infancia, y quizás en concreto nuestros hermanos y hermanas, pueden enriquecer y extender nuestra visión de aquella época. Si somos capaces de oír su propia vivencia con compasión entenderemos con mayor profundidad que nada de aquello hablaba de nosotros, ni tampoco de ellos, sino de la suma de muchas circunstancias de las cuales teníamos poco o ningún control.

Trabajar con familias me da la oportunidad de presenciar instantes de sinceridad como estos entre hermanos. Resulta hermoso (diría que fascinante) cómo viviendo bajo un mismo techo y compartiendo los mismos padres pueden fabricarse dos adultos tan diferentes. Tal vez si deseamos comprender a alguien de verdad debamos empezar por preguntarle cómo veía el mundo aquel niño. Incluidos los niños que fueron nuestros padres.

Un sentido abrazo.

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