Llamadme por mis verdaderos nombres

He escrito tantas veces sobre eucaliptos y velutinas que a veces siento que me estoy moviendo en una línea fina de moralismo la cual, intentando escapar de las telarañas del ego, corre el riesgo de acabar en la indiferencia.

Hace poco leía un texto del hermano David Steindl-Rast que explicaba cómo la ética, en ausencia de una experiencia que la promueva, se puede convertir en un discurso puramente moralista. He intentado en varias ocasiones llegar a la concienciación a través de la moral pero -a la vista está- que tal vez no he encontrado las palabras adecuadas para transmitir algo que probablemente solo pueda ser comprendido después de ser experimentado por uno mismo.

Cómo puedo expresar porqué es para mí tan importante la vida de una velutina o, más allá de esa «banalidad», la importancia de la permanencia de una especie en el planeta… Pienso en el sinsentido tan grande que representa hablarte de la belleza de una flor cuando podrías salir ahí fuera y experimentarlo por ti mismo. Ese es el nacimiento de la ética. Quizás por esto mi misión tiende cada vez más a animarte a salir al mundo para que lo observes, lo vivas y participes de manera directa de este lugar y esta sensibilidad de la que intento hablarte, en vez de continuar elaborando más discursos e ideas que tal vez solo logren condicionar la comprensión que podrías encontrar si te aventurases a tener tu propia experiencia.

Te mentiría si te dijese que no sufro, igual que te mentiría si te dijese que desearía no sufrir más, pues sentir tan intensamente como siento implica muchas tristezas pero también muchas alegrías. Son esas tristezas las que me hacen vivir cada vez con más comprensión y más compasión ante el sufrimiento de los demás, por eso con el tiempo soy capaz de entender que, cuando alguien escribe sobre su deseo de que el ser humano acabe con la existencia de otra especie, sé que no habla solo de sí mismo sino de todo el sufrimiento de su familia, de su sistema y hasta de toda una sociedad que, ante la idea de un «yo» separado, genera respuestas tan dolorosas como esa.

Creo firmemente que no podemos hacer un llamamiento a la paz incitando a la violencia, por este motivo creo del mismo modo que no debemos permanecer en la ilusión de que acabar con la existencia de una especie asegurará la supervivencia de otra. Caminar hacia esta idea solo puede generarnos más sufrimiento.

Me he comprometido a compartir palabras amorosas -que no silencio- que animen al respeto y la tolerancia hacia todas las formas de vida que habitan en este planeta. He flaqueado muchas veces, deseando en demasiadas ocasiones ser menos visible, vivir una vida menos expuesta… Sin embargo, aun con todo esto puedo experimentar también la intensidad de la alegría de estar aquí, escribiendo para ti, compartiendo contigo lo que siento y sosteniendo la certeza de que ese mundo que deseo ver lo construimos entre todos con nuestros actos, con nuestras sonrisas y, sobre todo, con nuestra presencia pacífica.

Cuando ayer leía los comentarios que se generaron a raíz de la última publicación en la que hablaba de las velutinas, no podía evitar llorar al ver sufrimiento de esta especie ante nuestro odio, al ver mi propio sufrimiento en medio de esta situación, y al ver el sufrimiento de todos aquellos que estáis del otro lado, animando o abandonando. Recordé entonces el siguiente poema de Thich Nhat Hanh y comprendí, ya en la calma, su significado de una forma mucho más profunda.

Gracias por estar ahí.

Un abrazo.

No digáis que partiré mañana,
pues aún estoy llegando.

Mirad profundamente; estoy llegando a cada instante,
para ser brote de primavera en una rama,
para ser pajarillo de alas aún frágiles,
que aprendo a cantar en mi nuevo nido,
para ser mariposa en el corazón de una flor,
para ser joya oculta en una piedra.

Aún estoy llegando para reír y para llorar,
para temer y para esperar.
El ritmo de mi corazón es el nacimiento y la muerte
de todo lo que vive.

Soy un insecto que se metamorfosea
en la superficie del río.
Y soy el pájaro
que se precipita para tragarlo.

Soy una rana que nada feliz
en las aguas claras del estanque.
Y soy la serpiente acuática
que sigilosamente se alimenta de la rana.

Soy el niño de Uganda, todo piel y huesos,
mis piernas tan delgadas como cañas de bambú.
Y soy el comerciante de armas
que vende armas letales a Uganda.

Soy la niña de doce años,
refugiada en una pequeña embarcación,
que se arroja al océano
tras haber sido violada por un pirata.
Y soy el pirata,
cuyo corazón es aún incapaz
de ver y de amar.

Soy un miembro del Politburó
con todo el poder en mis manos.
Y soy el hombre que ha pagado
su «deuda de sangre» a mi pueblo
muriendo lentamente en un campo de concentración.

Mi alegría es como la primavera, tan cálida
que hace florecer las flores de la Tierra entera.
Mi dolor es como un río de lágrimas,
tan vasto que llena los cuatro océanos.

Llamadme por mis verdaderos nombres, os lo ruego,
para poder despertar
y que la puerta de mi corazón
pueda quedar abierta,
la puerta de la compasión.

Lo comparto contigo con la misma dulzura y delicadeza con la que tomaría a un bebé recién nacido en mis brazos, con la esperanza de que dé frutos también en ti.

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