Los músicos y la orquesta (Cuento)

Había una vez una gran orquesta. En ella tocaban multitud de músicos, aunque a diferencia de las orquestas que hayas podido conocer, esta tenía una gran peculiaridad: todo su repertorio se reducía a una única obra.

Cada día, los músicos acudían cada uno con su partitura y, reunidos durante varias horas, tocaban una y otra vez lo mismo. Repetían días tras día sin descanso la misma obra sin cuestionarse el porqué de ninguna de las notas que tenían que tocar. Para ellos la vida era tocar, comer y dormir. Y estaba bien así.

Un día uno de los músicos, un poco harto de tanta repetición, paró de tocar y comenzó a analizar su partitura. Observó atentamente cómo estaban escritas cada una de las notas y probó a juguetear con sus dedos intercambiando alguna nota de compás. Esto le pareció muy divertido así que, desde ese momento, tomó la decisión de dedicar su vida a comer, a dormir y a tocar de vez en cuando un par de notas fuera de lugar.

Más adelante, al enterarse otro músico de que su compañero había dejado de tocar siempre lo mismo, se cuestionó también tener que seguir ciñéndose a su propia partitura. Empezó a modificar algunas notas pero se entusiasmó tanto con la idea que, poco a poco, comenzó a combinar el tocar con el comer llegando incluso a crear melodías mientras dormía. Crear estaba tan integrado en su vida que decidió seguir tocando en la orquesta sin colocar siquiera las partituras.

De este modo, muchas personas de la orquesta empezaron a tocar sus propias melodías y eran solo unos pocos los que seguían tocando aquellas partituras aburridas y siempre iguales. Así, aquellos que estaban cambiando su forma de tocar, comenzaron a hacerlo de una forma cada vez más fuerte e innovadora, con sonidos estridentes y utilizando técnicas cada vez más extravagantes.

Un día, uno de los músicos, tras haber experimentado con su instrumento hasta donde podía llegar su imaginación, sintió que ya lo había dado todo de sí, paró y descansó mientras el resto continuaban tocando. Pudo entonces por primera vez escuchar lo que estaba sonando a su alrededor: ¡un tremendo ruido!

Estaba horrorizado, había estado tan concentrado primero tocando sin cuestionar y después experimentando en crear que no se había dado cuenta de lo que estaban tocando los demás. Estaba tan disgustado con lo que oía que incluso pensaba en no volver a tocar ni un solo sonido nunca más. Sin embargo, sabía que su deber era seguir siendo músico, así que tras mucho escuchar lo que sonaba a su alrededor, tuvo una idea: crear algunos sonidos de acompañamiento que, al menos, no aportasen más ruido al que ya había. Así comenzó a tocar largas notas tenidas, suaves, manteniéndose muy pendiente de no sobresalir sobre los sonidos que le rodeaban.

Fueron muchos los músicos que, al igual que el anterior, cuando creyeron llegar al máximo de su experiencia musical se vieron obligados a parar, descubriendo entonces por sí mismos el gran horror que estaba sonando. Fue de este modo cómo muchas personas empezaron a tocar con mayor dulzura y consciencia, interpretando sonidos que sumasen armonía al conjunto y que no aportasen más ruido al estruendo general.

Hubo un punto en la historia de esta orquesta en la que sus músicos tocaban, cada uno a su manera, de forma simultánea: personas que continuaban desde el principio tocando los mismos sonidos repetidos de sus partituras originales, personas que jugaban a cambiar algún compás, personas que tocaban solo estridentes melodías y personas que interpretaban suaves notas de acompañamiento.

Ante esta situación, algunos de aquellos que acompañaban, frustrados ante el resultado global, fueron soltando nuevamente su instrumento y, desesperados, miraron a lo alto deseando encontrar una respuesta. Fue entonces cuando se encontraron con la mirada del director quien, paciente, esperaba a que uno por uno al fin levantasen la vista para seguir sus indicaciones.

¡Cómo era posible que hubieran olvidado la presencia del director! El director había estado allí desde el principio de la orquesta aunque también él había tenido que adaptarse a todos aquellos cambios. Los músicos que le descubrieron tuvieron que aprender a observar e interpretar sus indicaciones, pues él dirigía pero no creaba. Así se dieron cuenta de que la mayoría de sus gestos no iban dirigidos hacia ellos y que, creer que así era, provocaba en cada uno frustración y, en el conjunto, mayor confusión.

Poco a poco y a lo largo de los días se fue creando una obra única e irrepetible en la que cada músico era su propio compositor el cual ya no componía para su propio disfrute sino para aportar algo maravilloso que diese un mayor sentido al resultado de todo el conjunto. Y aunque muchos otros siguieron con las aburridas partituras y las melodías estridentes, de fondo podía oírse un fluir de sonidos armoniosos y ordenados acompañados de un director que sonría por el simple hecho de poder acompañar a una creación que se creaba todo el tiempo a sí misma.

Este cuento fue una historia que se me inspiró a raíz de reflexionar sobre la culpa y la capacidad que tenemos -o creemos tener- para crear y destruir nuestra vida. Puedes leer esa reflexión aquí:

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