Nuestra respuesta ante el sufrimiento de los demás

¿Cuál es tu respuesta cuando alguien a quien amas está sufriendo? Seguramente tu primer deseo sea que no sufra más.

Ayer, mientras acompañaba a una perrita en su partida, los tres gatos con los que convivía reaccionaban de una forma muy diferente ante el sufrimiento de su responsable. Esto me hizo reflexionar sobre lo distinto que podemos llegar a vivir una situación según la forma en que lo enfoquemos (a causa de nuestras experiencias, concepción vital, miedos, anhelos…).

En este caso, la perra se encontraba en absoluta calma, en una paz interior profunda la cual reforzaba mostrándose físicamente tranquila y relajada. Consciente de esto, los gatos no estaban perturbados por el sufrimiento de su compañera sino por cómo podría gestionar todo esto su humana, pues para ellos -igual que para nosotros- resulta casi inevitable preocuparse por los seres a los que aman.

Uno de los gatos le transmitía: “no sé cómo podría ayudarte… pero necesito que sepas que estoy aquí”. Acompañándoles en todo momento, manifestaba su inquietud respecto a lo largo que se le estaba haciendo ese proceso y expresaba su deseo de restablecer cierta normalidad en la familia cuanto antes. Lo más sorprende de este gato era que mantenía su corazón abierto de par en par para sentir plenamente el sufrimiento que estaba sintiendo su humana: no escapaba de ello sino que deseaba sentirla y comprenderla con toda su presencia. ¿Cuántas veces ante el dolor de los demás nos volcamos en intentar consolar sin habernos siquiera abierto a sentir lo que el otro está sintiendo?

Otra gata estaba asustada y confundida, quería ayudar pero no sabía cómo. Cada vez que se encontraba con el sufrimiento de su humana no sabía cómo gestionarlo por lo que se sentía inquieta y algo torpe, queriendo aportar pero no sabiendo el qué. Cuántas veces nos sentimos así ante el sufrimiento de otros, queriendo asumir más, deseando ser más útiles, sin llegar a comprender que el otro quizás lo único que necesita es que simplemente estemos allí, acompañando y sosteniendo en lo que nosotros somos.

La última gata se sentía enfadada y, detrás de ese enfado, triste. Tenía dificultades para asumir la situación, tanto la de la perra como la de la humana. Todo era demasiado intenso y desconocido, se sentía enfadada con la vida y llevaba ese enfado hacia su responsable. ¿Cuántas veces ante la imposibilidad de mirar de frente nuestro dolor nos enfadamos con los seres que tenemos más cerca? Esto me hizo reflexionar sobre la importancia de aceptar lo que llega a nuestra vida así como acontece sin pretender encontrar siempre una respuesta que le de sentido a todo lo que ocurre, pues en muchas ocasiones esa respuesta no existe, y empeñarnos en encontrarla puede generar todavía más sufrimiento.

Lo maravilloso de este caso es la ternura y la presencia que la perrita mantuvo en todo momento, transmitiendo a todos su aceptación sobre lo que estaba viviendo y animándoles a verla con los mismos ojos con los que ella se veía: como una mamá que se duerme con la calma de no dejar nada pendiente.

Cada día que nos es concedido para pasar un día más con los animales con los que convivimos es un regalo que debemos apreciar y honrar, disfrutando de su presencia, de su singularidad, y de todo lo que vienen a enseñarnos. Gracias a su responsable por haber sabido detectar ese regalo a tiempo y vivir tan intensamente con ella su última etapa.

Gracias por haberme permitido acompañaros

Un abrazo.

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