Observando una hoja de bambú…

Esta ha sido una semana muy intensa en relación a las transiciones, al miedo a la pérdida de los seres queridos y a la cuestión de cómo afrontar el vacío que dejan perros y gatos cuando abandonan su cuerpo, en especial con los más pequeños de la casa. Fue esta última cuestión -que me realizó una mamá- la que me entretuvo ayer escribiendo líneas y líneas que pretendían plasmar lo que pensaba sobre los casos que había gestionado en vez de escribir claramente cómo me sentía yo en relación a ese tema y cuál era mi experiencia directa. Un atolladero recurrente.

Al final, decidí rendirme ante la incapacidad de lograr plasmar en palabras lo que, en mi interior, sentía con total lucidez a pesar de no encontrar los conceptos que me ayudasen a darle una forma ordenada. Entonces ocurrió que me quedé observando las hojas de un bambú y de repente sentí claro cuál era la clave desde la que podía hacer comprensible este tema. Me senté en silencio a meditar y me observé a mí misma desde el exterior, observe de nuevo al bambú y sentí claramente que ambos éramos lo mismo, comprendí que los dos estábamos hecho de lo mismo. A continuación, leí un texto brillante en relación a un fragmento del Evangelio que cuestionaba la existencia de la Vida después de la vida; entonces sentí con certeza de qué forma podría transmitir con claridad la respuesta a la pregunta cómo explicar a un niño porqué el perro con el que vive desde que nació ya no volverá.

Como apunte antes de continuar: el perro en realidad no se ha ido nunca, incluso podría decirte que nunca ha llegado o, mejor todavía, continúa llegando todo el tiempo a través de todas las formas de vida que te rodean, incluido tu propio cuerpo.

Difícilmente podemos transmitir a los demás algo que no conocemos y menos todavía debiéramos aspirar a resultar convincentes en nuestros argumentos cuando provienen de teorías que nos han enseñado o que hemos leído y que en ningún caso se corresponden con nuestra experiencia directa de la realidad. Probablemente, los que nos hablan desde la mente nos harán pensar, y los que nos hablan desde el corazón nos harán emocionar, lo cual puede venir después acompañado o no de pensamiento.

Por esto, cuando pedimos a nuestros hijos, o a cualquier ser al que amamos, que comprendan la ausencia de un ser querido (sea de la especie que sea) debemos primero reflexionar sobre nuestra propia concepción de lo ocurrido y revisar si aquello que pretendemos transmitir -con toda nuestra buena voluntad de lograr que el otro se sienta en calma- se corresponde o no con lo que nosotros mismos sentimos y experimentamos hacia esa situación. Para esto, creo es necesario que nos hagamos algunas preguntas.

Quizás la primera pregunta clave es si crees en la existencia de un más allá, en una vida después de la vida, en la reencarnación, en que algo-hay-aunque-no-sé-el-qué o incluso en vivir en la eternidad. Puedes denominarlo como quieras pero en lo profundo, independiente de cual sea tu creencia, todos están hablando de lo mismo. Parémonos un momento a pensar en cuál es nuestra concepción sobre todo esto ya que, sin revisar este punto, será complejo transmitir una idea clara sobre el estado de ese ser querido. Sin importar si se trata de un perro o un humano, si tenemos la creencia de algún tipo de paraíso, esa creencia debería ser extrapolable a todas las especies.

La cuestión es: cuando piensas en la idea de reencarnar, o de pasar a permanecer en algún otro lugar (aunque de otra forma), ¿sigues pensando en que es tu pequeño yo -una especie de continuación de lo que crees ser ahora- el que permanecerá en ese lugar? ¿Tienes la idea de que ese ser que se fue continúa siendo igual que lo que conociste solo que sin cuerpo y sin dolor? ¿Piensas en este estado posvida como un punto liberador en el que todo es luz mientras conservas la plena identificación sobre quién eres individualmente y lo que te gusta? En tu visión de la eternidad, ¿todavía pervive tu pequeño yo? Existe un gran peligro en esta idea y es caer en la creencia de que habrá un más allá que te alivie del sufrimiento del más acá; eso puede generar que dejes de vivir acá lo que realmente tienes oportunidad de vivir por creer que habrá algo mejor en otro lugar. Si tu creencia está orientada en esta dirección puedes aprovechar este momento para reflexionar sobre ello y comprobar si esa idea te está generando felicidad en el momento presente…

¿Alguna vez te preguntas cuántas veces habrás estado cerca de morir sin que tú hayas sido consciente? Antes solía hacerme esta pregunta con frecuencia, pensaba en la cantidad de situaciones que pasarían a un segundo, o a un centímetro de mí, que podrían haber causado que yo ya no estuviese aquí sin haberme dado siquiera cuenta. Aun así, sin pensarlo mucho, sí soy consciente de algunas otras situaciones concretas en las que perfectamente podría haberme ido y, sin embargo, algo ocurrió para que eso no sucediese así. A la vista está, aquí estoy.

Cuando tenía unos 6 años, yendo por la autovía con mi madre en un día de muchísima lluvia, perdió el control del coche en una curva y nos fuimos dando vueltas hasta que el coche se paró en seco. Solo recuerdo los pitidos y las luces de los otros coches a mi alrededor e inmediatamente la cara de mi madre que girándose me preguntó gritando: ¿estás bien? Debió de verme bien porque al momento metió primera y arrancó, supongo que buscando un lugar en el que ponernos a salvo. Ese día podía haber sido, pero por algún misterio no fue.

La segunda era una situación más seria pero a la vez más controlada, fue el día que me operaron del corazón. Tenía yo 14 años, y a pesar de tratarse de una operación delicada no implicaba un riesgo extremo para mi vida (como sí lo implicaría el hecho de no haberme operado en ese momento). Durante la operación debía permanecer despierta todo el tiempo, y aunque tenía algunas zonas del cuerpo anestesiadas, como las piernas, recuerdo que en medio de del trajín comencé a sentir un dolor terrible en el dedo gordo del pie derecho. Se lo comenté a una enfermera -con cierta vergüenza pues no parecía algo apropiado para comentar en una operación de corazón…- y del caos que siguió después solo recuerdo a dos enfermeras como ángeles agarrándome las manos y transmitiéndome palabras de calma: estaba sufriendo una hemorragia y nadie se había dado cuenta. Cuando lo pienso ahora digo: estuve a punto de irme y mi único recuerdo es un dolor de dedo.

Tenía ya 20 años cuando en otra ocasión, yendo de copiloto en un coche, nos quedamos embotellados al final de un tercer carril de adelantamiento. El carril se acababa y nosotros no teníamos forma de incorporarnos al carril de al lado. Venía un camión de frente, tan cerca que todavía recuerdo su cara de pánico, y teníamos otros dos camiones en el carril de nuestra derecha adelantando a su vez a los camiones del primer carril. Todo esto a la velocidad propia de un adelantamiento en una carretera ancha y llana de Castilla. Cómo salimos de esa no lo sé, todavía hoy no tengo explicación para que de repente apareciese un hueco en el que meternos. Paramos en el primer área de servicio y, mientras dejaba en el baño el terror que acababa de vivir, tuve la sensación por primera vez de haber esquivado a la muerte siendo plenamente consciente de estar en medio de ella.

La siguiente vez que tuve una experiencia similar fue en un accidente de coche. En aquel momento ya tenía 23 años, y de una forma similar a lo que había ocurrido con mi madre, en un día de mucha lluvia perdí el control del coche en una curva y giré atravesando tres carriles en ambas direcciones. El coche se paró cuando llegó al muro que había al lado del arcén, y a pesar de todo lo terrible que podía haber sido, solo yo salí herida y fue una insignificancia comparado con lo que podría haber sido. Ahí sí fui plenamente consciente de mi muerte en el momento infinito hasta el coche paró, tal fue así que cuando el coche se golpeó no tenía claro si había muerto o no. A partir de este momento comenzó a cambiar mi vida y mi concepción sobre lo que era la vida y lo que realmente merecía ser vivido.

Creo que la vida me ha puesto cerca de la muerte en muchas ocasiones, esta es una sensación recurrente, pero no solo en mi propio cuerpo sino acompañando a otros que se iban delante de mí, entre ellos mi madre, y también muchos perros y gatos a los que he acompañado por mi propia voluntad a tener una muerte digna, lo cual no implica nada más que permanecer a su lado presente comprendiendo lo que está ocurriendo.

A dónde quería llegar con todo esto… Pues es que a pesar de todo lo anterior, no fue hasta que comencé a estar en profundo silencio y a observar la vida ante mí que pude comenzar a comprender algo de lo que está ocurriendo mientras estamos aquí y de lo que podría existir al dejar de estar en este cuerpo. Haber acompañado tantas partidas me ha permitido ampliar mi visión, más allá de los conceptos, las creencias, las religiones y los dogmas, para sentir profundamente que en sí mismo, no podría decir que exista un más allá, como tampoco hablaría de un más acá, sino de Ser y Estar todo el tiempo en multitud de formas. Intentaré explicarlo mejor.

Hace unos días encontré un texto maravilloso de Eckhart Tolle de El silencio habla, que decía así:

Cuando miras un árbol o un ser humano desde la quietud, ¿quién está mirando? Algo más profundo que la persona. La conciencia está mirando a su creación.

Cuando observas en profundidad a ese perro o a ese gato, sin pensamientos, simplemente entregando tu presencia y percibiendo la presencia que se abre ante ti, puedes sentir en tu interior una consciencia, un conocimiento más allá de los conceptos que te lleva a sentirte conectado con todas las formas de vida que existen, sea cual su manifestación actual. Puedes vivir y existir a través de todas esas formas durante lo que dura un instante de quietud y observación profunda.

Puedes sentir que nada está separado, y que en ese silencio, en esa quietud, todos estáis en el mismo lugar, hablando el mismo lenguaje e incluso siendo en esencia lo mismo. Si puedes llegar hasta aquí, si puedes sentir esto aunque sea por un momento, puedes comprender que la muerte no existe, como tampoco existe la vida, a diferencia del continuo de la Vida, del flujo que nos une y nos conforma todos por igual. Estamos manifestándonos todo el tiempo de múltiples maneras, y son nuestras formaciones mentales y en concreto nuestro pequeño yo, nuestro ego, el que pretende convencernos todo el tiempo de la necesidad de preservar lo que crees que eres, sin reparar en que lo que realmente Eres, permaneceráahí por siempre, y que de hecho, ha estado ahí todo el tiempo.

Cada vez que prestas plena atención a tu respiración, al brillo de una flor en el jardín, al sonido de la lluvia cayendo, en ese segundo de absoluta consciencia tu pequeño yo se muere y te sientes liberado… Si te lanzas a esta experiencia podrás comprender en profundidad el significado de la ausencia del cuerpo físico y de la eternidad real, esa que está disponible para todas las formas de vida en todos los instantes, más allá del concepto mental de quién la habita o cómo la habita.

Siento que debemos esforzarnos por profundizar en esta visión no solo para liberarnos a nosotros del sufrimiento que nos genera la muerte y la dualidad de existir y no-existir sino para poder acompañar a otros en la comprensión de que estamos aquí y hemos estado aquí desde siempre, pero ese estar no puede sobrevivir apegado a un concepto de lo que tú eres, como tu pequeño yo, con tu pequeña historia de persona que vive en tal familia y tiene tantos hijos. Eres muchísimo más que eso, lo eres Todo.

Cuando observas en profundidad puedes sentir que tú y yo estamos juntos ahora, igual que lo están todos tus seres queridos que abandonaron su cuerpo antes que tú. Dedica un momento a conectar con esa conciencia, esa quietud que lo abarca todo, y descubrirás cómo aquello que llamas vida y muerte está ocurriendo todo el tiempo mientras tú y yo continuamos aquí en la eternidad, más allá del concepto de lo que crees que yo soy y de lo que creo que tú eres.

Si a través de esta observación encuentras un sentido profundo en el hecho de estar vivo dejarás de invertir tanto tiempo en intentar comprender cómo será estar no-vivo. Sentirás como verdad el hecho de que siempre Somos y podrás transmitirlo a los demás, si no en palabras al menos en presencia.

Un abrazo grande.

***

Seguimos trabajando intensamente. En las próximas semanas habrá dos actividades que tal vez te interesen. Puedes ver toda la información aquí:

Share this Post!

Related post

0 Comment

Leave a Comment

Your email address will not be published.