Pasear con perros

Cuando sales a dar un paseo con tu perro, ¿qué sientes?

Estos días me preguntaba qué es eso que se mueve dentro de ti cada vez que los dos estáis juntos en un sitio público. ¿Cómo estás en tu interior mientras caminas con él a tu lado? Te invito a cerrar los ojos algunos segundos, visualizar ese momento y reflexionar sobre lo que despierta en tu interior el hecho de salir a pasear con tu compañero animal.

Personalmente, he experimentado muchas sensaciones diferentes paseando con los perros que me acompañan. En los años que llevamos compartido he sentido muchas veces tensión, ansiedad y miedo, como también alegría o orgullo por unos méritos que para nada eran míos. Darme cuenta de esto ha requerido de auto-observación y también humildad para reconocer aquellas reacciones en mí que me disgustan y que preferiría no ver. Por cierto, en otras ocasiones he sentido simplemente plenitud, ligereza y absoluta conexión.

Actualmente convivo con tres perros, de los cuales uno está muy pachucho y no puede salir a hacer paseos propiamente dichos. En el caso de los otros dos perros -que llevan conmigo cinco y tres años- mis sensaciones sobre el tiempo que compartimos juntos han ido cambiando así como mi visión sobre ellos.

El que más tiempo lleva conmigo es Coco. Es un macho mestizo que calculo que tendrá en estos momentos sobre catorce años. Al principio cuando llegó era el típico perrito que todo el mundo quería acariciar; además de ser muy guapo tenía una carita de pena que derretía con solo una mirada. A medida que fue ganando confianza en su nueva vida se fue envalentonando hasta convertirse en el jefe de la calle, volviéndose muy intolerante y en ocasiones reactivo con otros perros. La primera vez que mordió a otro perro llevaba solo unos meses conmigo, me impactó tanto y me llevé tal disgusto que me fui a toda prisa para casa tirando de la correa, muy enfadada y triste. Creo que esa fue la primera vez que deseé, sin ser consciente, que fuese un perro diferente.

En la siguiente ocasión provocó al perro equivocado, un PPP que triplicaba su peso y tamaño con el cual llevaba tiempo intercambiando gruñidos. A pesar de que el otro perro llevaba bozal pudo abrir lo suficiente la boca como para enganchar a Coco en varias ocasiones e intentar aniquilarlo, a su vez Coco no estaba dispuesto a abandonar la batalla por lo que, cada vez que tenía oportunidad, intentaba zafarse con la única finalidad de volver a intentar engancharle (algo inviable aunque solo fuera por la diferencia de tamaño). Todo esto en el centro de Vigo mientras el otro responsable y yo intentábamos separarlos sin salir muy heridos. Ese día llegué a casa de nuevo muy disgustada, le dije “¡no quiero verte!” y me fui a llorar para una esquina mientras él se lamía en su propio rincón.

Cuánto necesitamos aprender los humanos a dejarnos ayudar cuando estamos sobrepasados y enfadados. Nos aislamos en nuestro sufrimiento en vez de afrontar la situación y buscar una solución escuchando lo que el otro tiene que decirnos; eso es precisamente lo último que nos apetece en ese momento: oír lo que el otro está sintiendo.

Aquel día, cuando me encontré un poco menos furiosa, levanté la vista y entonces vi a Coco con un lado de la cara lleno de sangre. Estaba tan ocupada enfadándome, que ni siquiera me había dado cuenta. Dejé de inmediato todo mi drama, mi historia del ego dolido, y me dispuse plenamente entregada en él: le lavé la carita, le desinfecté las mordeduras, lo abracé y lloré, en parte por haber sido tan estúpida y también agradecida de que siguiera estando ahí conmigo.

Había comunicado anteriormente con él para conocer qué le llevaba a actuar de forma tan reactiva con otros perros pero nunca me había parado a comprenderle profundamente, a ver el porqué profundo de sus sentimientos y analizar cuánto estaba en mis manos para que ese comportamiento cambiase. Cuando le pregunté en ese momento porqué se había enzarzado así con aquel perro -con el cual además tenía pocas probabilidades de “victoria”- su respuesta era que no estaba dispuesto a permitir que nadie le mirase con aires de superioridad, y si tenía que morir defendiendo su honor estaba dispuesto a ello. Al abrirme a sentir lo que había detrás de estas palabras, pude comprender que mi apego a la vida, a este pequeño yo insignificante pero mentalmente muy ruidoso, hacía que no pudiese concebir el hecho de elegir morir digno antes que vivir sometido. Esta idea generaba tensión en mí y distancia entre nosotros.

Hoy me doy cuenta de que deseaba tener el perro perfecto -qué desgracia de concepto- para probablemente alardear de ello en mis paseos. En aquel tiempo probé muchas pautas de adiestramiento las cuales nos generaban mucho sufrimiento a ambos, pues ninguno de los dos estaba manifestándose como realmente era. Nada de aquello resultó, supongo que porque en el fondo yo quería tener un compañero y no un esclavo. No fue hasta más tarde de aquel incidente que descubrí la educación en positivo en una conversación con Cristina Diz; con ella comprendí que podía convivir con un perro sosegado y con ciertos “modales” si elegía los estímulos -y no estímulos- adecuados.

Con los años, he comprendido la cantidad de miedos que hay en él los cuales le llevan a actuar de ese modo y puedo ver cómo esa historia suya empastó perfectamente con mi propia historia, la cual tenía como base el temor a decepcionar a los demás. Te lo explico de otra forma: vivía con un perro que estaba dispuesto a morir por honor y yo estaba a dispuesta a morir antes que molestar a nadie. Cada vez que paseábamos, él me enfrentaba constantemente a mi miedo a decepcionar a los demás, a mi deseo de gustar a todos, de que todos me tuvieran en buena estima, que vieran lo maravillosa persona que era, lo bien que educaba, lo correcto que era todo lo que me rodeaba… Y todas estas exigencias no solo eran angustia para mí sino que también se convertían en un yugo para Coco que le hacía estar todavía más reactivo.

Cuando pude ser consciente de esto cambié mi forma de relacionarme con él. Podía sonreír cada vez que gruñía a otro perro -yendo conmigo ya no volvió a atacar a otros perros- y decirle «ok, entiendo tu malestar, sigues siendo un perro maravilloso».

Como decía al principio, antes de llegar a esta comprensión, deseé muchas veces que fuese un perro diferente, que se relacionase amablemente con otros perros o que marcase menos todo lo que encontraba. El día en que me di cuenta de que no podía amarlo realmente si seguía deseando que se comportase de otra forma lo acepté como era, me relajé y comencé a disfrutar del tiempo que pasábamos paseando juntos. Desde que dejé de torturarme con la imagen que quería mostrar nuestra relación mejoró muchísimo y a su vez se transformó la relación que él mantiene con otros perros.

A los dos nos ha sentado bien salir de la ciudad. A pesar de que él sigue conviviendo a ratos con ese hábitat -pues disfruta de algo parecido a una custodia compartida-, cuando paseamos por nuestro pueblo es un perro totalmente diferente del que ahora recuerdo. Puede pasear con otros perros sin que yo tenga que estar ansiosa por si intentará atacar a alguno, y aunque a veces esté nervioso -en especial cuando insisten en conocerle más íntimamente- es capaz de gestionarse y no caer en un enfrentamiento. Cuando observo en profundidad siento que el mérito es todo suyo y que lo único que tuve que hacer fue abrirme a sentir en el corazón lo que él estaba viviendo para dejar de entorpecer en su recuperación y reinserción.

En contraposición a la historia de Coco, Thaia -otra mestiza de 11 o 12 años- cumplió siempre mi concepto de perra ideal (como inciso, ojalá reflexionásemos cómo hemos caído en los conceptos de buen perro o mal perro en contraposición del perro auténtico). Fuera a donde fuera ahí estaba ella conmigo, venía con una mirada, esperaba en el súper si era necesario, no necesitaba correa y hasta podía reconocer el portal de casa o mi coche aparcado en la calle. Thaia era el deseo de muchas personas, especialmente cuando vienes de convivir con un perro como Coco (risa amorosa).

Su carácter me hizo sentir orgullo en muchas ocasiones, aunque como diríamos por aquí, un orgullo demasiado “fachendoso”. Un día comprendí que su comportamiento se había vuelto un medio para mi realización: resulta que ella plasmaba mejor que Coco el tipo de imagen que quería proyectar de mí misma -¿éxito? ¿liderazgo? ¿súper amiga de los animales?- y que, con ello, estaba cargando sobre Thaia el peso de encarnar el papel de la perfección que sí ejemplificaba -muy supuestamente- lo que yo era. Qué terrible lo mucho que lapidamos a los demás con nuestra inconsciencia.

Salí del papel de propietaria -terrible palabra- ejemplar y al momento ambas nos sentimos menos tensas, con menos exigencias que cumplir y con mayor apertura para ser nosotras mismas. Desde entonces hace alguna trastada, como arrancar alguna flor, hacer agujeros en el jardín y a mí me hace inmensamente feliz verla tan viva. De hecho nunca les había visto correr tan felices y enérgicos como en este último año.

Entonces, ¿qué intentas proyectar cuando paseas con el perro? ¿Detectas que puedas querer mostrar que eres algún tipo de persona en concreto? En tu forma de actuar, de hablar o de caminar, ¿hay algo más que el simple hecho de pasear con tu compañero? ¿Puedes soportar las ideas que otros conciban sobre ti aunque sean equivocadas?

Una de las bondades de la comunicación animal es poder saber cómo se está sintiendo el animal en ese tiempo que compartís juntos: cómo percibe tu tensión, cuál es su momento favorito del paseo, qué siente cuando compartís tiempo juntos, cómo se siente al relacionarse con otros animales, si desea pasear por lugares diferentes o en momentos distintos… Como digo muchas veces, los animales son grandes maestros y gracias a su presencia podemos viajar en continuo aprendizaje si nos abrimos a aceptar que es posible que todavía haya cosas en nosotros que no están del todo bien.

Hay una frase en la que medito mucho últimamente: para amar bien debes comprender bien. Sin una comprensión profunda, una visión profunda de lo que el otro es, lo que el otro siente, no podemos aspirar a amar en plenitud y acoger todo lo que el otro es. Esta premisa debería ser aplicable a todas nuestras relaciones, incluidas las perrunas.

Compartir la vida con un animal debiera aportarnos alegría y felicidad. Si permaneces atento a la vida que constantemente se manifiesta a través de él, puedes desarrollar en tu interior un amor tan grande que, bien focalizado solo puede producir más amor. No tiene sentido que sigamos intentando ser lo que no somos.

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4 Comments
  1. Matilde 31 enero, 2020 at 20:49 - Reply

    Qué razón tienes Alba, como siempre. Gracias por hacer que me pare en la reflexión que tengo iniciada desde hace semanas y que no terminaba de querer ver. Gracias
    Un abrazo

    • Alba Kensho 5 febrero, 2020 at 10:02 - Reply

      Gracias a ti, un abrazo grande!

  2. amAia 31 enero, 2020 at 13:05 - Reply

    Agradezco enormemente tu apertura Alba. No siempre es fácil estar abierta a ver y luego reconocer las trampas del ego y lo mucho que nos dejamos avasallar por “el qué dirán”. Nunca tuve perro, pero reconozco esas sensaciones con respecto a mi hijo. Y es duro sentirlo y reconocerlo. Pero también es cierto, y hay algo en comunicar esa verdad que hace que al tomar consciencia, haya esperanza para cambiarlo.
    Gracias gracias gracias

    • Alba Kensho 5 febrero, 2020 at 10:04 - Reply

      Qué interesante ese matiz con los hijos… Supongo que este comportamiento se muestra hacia todos los que amamos y que, en el acto de aceptar mantenernos vinculados, nos representan (representan lo que amamos, a lo que estamos dispuestos…). Aquí seguimos, aprendiendo! <3

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