Perros y gatos, desde la transparencia

Como comenté ya en otras ocasiones, los animales domésticos con los que convivimos tienen acceso a nuestros pensamientos, a nuestras emociones y también a todas nuestras acciones, aunque no ocurran delante de ellos. Digamos que para ellos somos como un libro abierto, y por mucho empeño que pongamos en ocultar o proteger nuestra intimidad siempre se van a relacionar con nosotros desde esa transparencia. Para bien y para regular.

Es frecuente que aquellas personas que tienen vínculos fuertes con gatos o perros tengan la sensación de que nadie conozca su intimidad mejor que esos peludos. Quizás por este motivo, cuando estamos en una comunicación y me escuchan hablar sobre todas las ideas y sentimientos que les están transmitiendo, tienen la sensación de estar hablando con un amigo que les conoce mejor incluso que lo que se conocen ellos a sí mismos.

Esa visión de, por ejemplo, los perros como amigos está resultando con el tiempo muy sabia y acertada. Cada vez siento mayor certeza de que no hay nadie que nos conozca mejor que ellos y que, por tanto, puedan disponer de tanta información con la que acercarte a quién eres en realidad y qué necesitas para ser más “eso” que buscas ser, ya sea por tu crecimiento o por el del animal que te está acompañando en ese proceso.

En relación a esto, ayer tras trabajar con dos perros reflexionaba sobre el amor tan profundo con el que esos compañeros nos observan siempre. Intuyo que es ese amor-devoción el que hace que puedan transmitir prácticamente cualquier sentimiento sin que nos sintamos heridos, encontrando las palabras adecuadas para que recibamos su mensaje sin sentirnos juzgados sino, por el contrario, acogidos.

Sin duda ellos “nos viven” al acompañarnos cada día en todos nuestros cambios, que a veces son más banales pero en otras ocasiones resultan realmente profundos y trascendentales. ¿Quién de nuestro entorno tiene acceso a nuestros sentires durante tanto tiempo y con tanta intensidad?

Esto me lleva a pensar que ojalá cada vez seamos más con el mundo así como somos con esos animales. Fantaseo con la idea de que, de esta forma, tendremos un planeta de humanos amorosos, entregados y transparentes, que poco o nada necesitarán a mayores para sentirse parte de una sociedad feliz. Como siempre, existe una esperanza, y es que cada uno de nosotros nos comprometamos a ser esas personas, a unirnos en nuestras pequeñas (cada vez más extensas) comunidades en las que, aunque seamos pocos seamos puros, de acción y de intención.

En vez de flagelarnos sobre lo hostil que puede llegar a ser nuestra especie, podemos lograr mucho por nuestro bienestar y el de tantos otros si nos atrevemos a sonreír cuando alguien se acerca a nosotros, abriéndonos a abrazar, a mostrarnos compasivos y sobre todo a estar en total apertura para recibir al de enfrente en su versión más amorosa (la cual es posible que incluso ni él conozca) porque los ojos que le están viendo siempre van con esas gafas de luz.

Feliz y armonioso fin de semana.

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