Sobre la comunicación animal… y los procesos post-abandono [Caso]

Hace meses comentaba en una charla sobre abandono animal el caso de una perra y una gata que se encontraban temporalmente en acogida en una casa y explicaba su proceso de adaptación. Hoy, con algo más de perspectiva os voy a contar cómo han ido evolucionando.

Antes de nada, y para los que no conozcáis la historia, os dejo esta publicación de agosto en la que hablaba sobre la situación que estaban viviendo estos tres seres (perra, gata y humana) y así conocer el contexto desde el que partíamos:

El sentimiento de abandono (en perros, gatos y humanos)

Tras varias comunicaciones con ellas (junto con la administración de flores de Bach en los últimos meses), después de haber trabajado con ellas nuevamente el lunes la situación es la siguiente:

La perra ha sido adoptada por la mujer con la que convive, lo cual, junto con el uso de las flores, de la comunicación, y del paso del propio tiempo, ha hecho que cambiase totalmente su forma de ver la vida y también el modo de sentirse en el hogar.

En estos momentos se siente la reina de la casa, en igualdad de condiciones que la humana. Ya no teme perder su hogar (el cual reconoce como propio), ni tampoco teme las tardanzas de su responsable en llegar a casa, y además se ha vuelto una perra relajada y confiada. Con todo esto lo que hemos logrado es que este animal recuperase la dignidad de vivir, que se sienta en el derecho de ese hogar y, a la vez, que sienta el compromiso de protegerlo, tanto al espacio como a su responsable.

Todavía me resulta increíble cuando, con el seguimiento de los casos, me doy cuenta de los cambios tan grandes que se pueden llegar a generar en cualquier ser por el simple hecho de ser escuchados, y desde ahí los cambios naturales que eso provoca en toda la familia sin necesidad de forzar nada en exceso. Yo no soy la misma después de hablar, y tú no eres la misma después de oír, sencillo.

En el caso que estoy comentando, ¿cuál es el reto en estos momentos? Pues bien, teníamos una perra sumisa, manejada absolutamente por la gata e intentando molestar lo mínimo posible ante el miedo de tener que volver a la calle… Pero ahora, con esa nueva seguridad con la que asume la vida, no está por la labor de aguantar el carácter de la gata por lo que se ha vuelto menos tolerante con ella en los momentos en que considera que está rompiendo la buena convivencia de la familia.

Lo he repetido en algunas ocasiones… un animal sumiso es mucho más sencillo de “controlar”, pero ver a un animal brillar (¡y a esta perra en concreto se la ve literalmente hasta con el pelo súper brillante y la mirada reluciente!) es algo increíble. Además es un enorme regalo que podemos hacerle a ellos y a nosotros mismos, pues cuando ellos crecen nosotros crecemos, en especial porque es difícil que ellos alcancen grandes cambios si nosotros no estamos también dispuestos a realizarlos.

Algo que me ha llamado la atención de esta perra es el increíble respeto que tiene por el tiempo y descanso de su responsable. Es capaz de mantenerse en espera largo tiempo hasta que ella pueda atenderla, o en cualquier caso, tiene la habilidad de distraerla cuando considera que ese tiempo ya ha pasado hace un rato (risa). El mayor conflicto de convivencia en estos momentos es que, aunque la perra respeta el tiempo de descanso de la humana, la gata no, y eso rompe los esquemas de la perra, pues a pesar de las esperas, en el momento en que ve que para la gata sí hay atenciones (aunque aun no sea el momento), ella reclama también su espacio, bien pidiendo afecto o bien echando a la gata para que espere al momento adecuado. Esta situación sigue haciendo la convivencia compleja, pues aunque no tiene nada que ver con la tiranía que la gata tenía montada hace unos meses continúa siendo demasiada intensa.

¿Y cómo está la gata en medio de todo esto? Pues ha pasado del pico de altanería en el que estaba, en el que se consideraba dueña y señora del lugar (y en el que todos los demás eran sus invitados) a ser ella la que se siente invitada de la perra. Tengamos en cuenta que, tras la formalización de la adopción de la perra, efectivamente ésta pasó a ver a la gata como a una invitada, pues desde ese momento era ella la que no pertenecía a la casa y eso ha ido haciendo mella en el animal hasta el punto de que en estos momentos está gestionando unos ciclos de amor-rabia muy fuertes.

Sin embargo, con la escucha puede verse que para esta gata lo importante no es tanto el sentimiento de estar o no en su propia casa como la necesidad de afecto que tiene en estos momentos, la cual es de una intensidad tan exagerada que empaña todo lo demás.

Con el tiempo, la gata se ha ido relajando de su distancia afectiva que era su mayor reto, de la creencia de no necesitar a nadie para vivir. En esta transición se encuentra ahora mismo inmersa en una forma bastante dolorosa de gestionar sus sentimientos y, a la vez, muy humana. Diría que se trata de una forma de relacionarse circular que funciona como describiré a continuación:

En el momento actual la gata es capaz de disfrutar con el afecto, ya no quiere vivir sola sino que aprecia la presencia y el amor de los demás. Ha pasado a ser muchísimo más mimosa y cariñosa, y es en estas nuevas sensaciones en las que todavía no encuentra el equilibrio.

Cuando se acerca para pedir mimos no es capaz de sentarse a relajarse sino que se mueve constantemente buscando el máximo contacto: si tuvieses veinte manos con las veinte querría ser tocada. Esto genera que sea como sea el contacto no sea suficiente, pues las manos dan para lo que dan, así que lo que hace es subir la intensidad de la demanda: está más inquieta, se revuelve más y entra en un estado ansioso de mayor atención. En ese momento da ganas de cogerla y abrazarla con todo el cuerpo (que es en lo que suele desembocar) para ver si así se satisface pero entonces la invade una emoción muy humana y es que lo disfruta el primer segundo pero después se da cuenta de que está en una situación de dependencia afectiva y se enfada. En ese enfado normalmente saca las uñas, muerde… y se marcha maldiciendo, a todos en general.

¿A alguien le suena esto? A veces amamos tan intensamente que parece que el otro no acaba de cubrir nunca nuestras expectativas así que, lejos de saber gestionar sanamente esa emoción, lo que hacemos es decir “¡pues ahí te quedas!” y nos vamos enfadados porque el otro no habla nuestro mismo lenguaje de amor… En el caso real, esto genera que la gata pase una fase de silencio e introspección, se vaya para una esquina, o a cualquier otro lugar en el que no esté su responsable, reflexione, se relaje y cuando está más tranquila regresa, volviendo a comenzar de nuevo el círculo.

Lo cierto es que se trata de un proceso complicado pues poco se le puede explicar a un ser con este proceso desde la mente, sino que es a través de esos silencios, del tiempo de recogimiento en que puede ir asentando esas emociones hasta encontrar un punto sano en el que ser capaz de dar y recibir en una intensidad saludable. Por eso es positivo que cuando un animal busca su propio espacio le demos un tiempo para la reflexión, igual que haríamos con un niño que se acaba de enfadar porque no recibe toda la atención que desea. Eso no quiere decir que le abandonemos, pasado un tiempo podemos ir a comprobar si está bien, si necesita algo o simplemente mostrarles nuestra presencia abierta al encuentro, y si somos pacientes comprobaremos que en cuanto esa borrasca pase volverá con naturalidad a compartir su tiempo con nosotros.

Respecto a esto, preguntaba su responsable: “¿cómo puedo ayudarle?”. Y mi pregunta fue: “¿cuánto de ti hay en este proceso que ella está viviendo?”. Lo he explicado muchas veces, cuando las emociones se están manifestando en espejo la vía más rápida para lograr lo que deseamos es cambiar lo que hay ante el espejo, pues ¿cómo puedo pedir a un animal con el que convivo que cambie su forma de relacionarse si después yo me estoy relacionando del mismo modo con los demás? Eso, y tiempo.

La paciencia siempre ayuda a asentar estas emociones de apego, pues el tiempo para los perros y los gatos no es igual de productivo que el nuestro. Nosotros, los humanos adultos, cuando tras una crisis de apego como la que acabo de describir nos vamos a nuestro espacio de reflexión, lejos de invertir ese tiempo en silencio y asentamiento lo que hacemos es encender la televisión, ver el facebook, contestar un wasap… o cualquier otra distracción que evite hacer reflexión e introspección de lo vivido. Sin embargo, el resto de especies animales no disponen de esos inventos por lo que su silencio se traduce en asentar, colocar lo vivido y después avanzar.

Cuando el lunes acababa esta consulta pensaba en todas las personas que me preguntan “pero, exactamente, ¿de qué me va a valer a mí tener una comunicación con el perro?” bueno, pues eso (risa). Supongo que, como he dicho en otras ocasiones, así como valoramos nuestra propia capacidad para expresarnos, compartir nuestras emociones y somos conscientes del bien que eso nos hace, podremos en la misma medida valorar el beneficio que puede generar a veces el simple hecho de poder hablar, y por tanto, de poder oír lo que el otro tiene para contarnos. Y si a mayores podemos acompañar este proceso con terapia florar o cualquier otra técnica los resultados serán cada vez más visibles.

Como última reflexión, cuando estábamos finalizando esta comunicación la perra expresaba lo importante que había sido para ella poder oír las sensaciones que la gata estaba teniendo sobre la forma en que estaba siendo tratada. ¿Cuántas veces en medio de nuestros círculos tóxicos llegamos al punto en el que hemos perdido el interés en oír lo que el otro siente en ese proceso que estamos viviendo? A veces es necesario frenar en seco y sentarse para buscar el encuentro antes de que el círculo nos aplaste.

Gracias a este trío por permitirme acompañarles en su gran proceso de vida y por permitirme compartir su historia con vosotros. Y gracias a todos los que confiáis en mí dejándome ser parte de esos pedacitos de vuestras historias.

Un abrazo y feliz semana.

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