Sobre la culpa, crear y destruir

Durante mucho tiempo viví con la creencia de que todo lo que llegaba a mi vida era porque yo lo había creado. Probablemente muchos os identifiquéis con esta idea y otros os ofendáis si intento contradecirla.

Antes, si me enfermaba era por mi culpa, vivía pobre porque yo quería y, si un coche me golpeaba por detrás, era porque lo necesitaba. Todo lo que ocurría en mi vida era fruto de mi obra y, por tanto, solo de mí dependía poder cambiarlo. Esta concepción de la vida me convertía en la única responsable de mi vida y mi destino.

Tenía razón en parte.

Creer que todo lo que ocurre depende de ti puede generarte mucho sufrimiento. Veo esto cada día en las consultas, las personas se cargan con el bienestar de los demás y se sienten culpables o fracasadas cuando creen que podrían dar un cien y que solo están dando un ochenta. La cuestión es que no se trata de cuánto estamos capacitados para dar ni cuánto estamos dando en realidad, sino que, demos lo que demos, el sistema que nos rodea va a estar siempre generando nuevas circunstancias que se escapen de nuestro control. No tener en cuenta este factor te posiciona como único responsable y eso puede hacer que caigas de cabeza en un túnel de culpa (túnel que, por cierto, no tiene más salida que la propia entrada).

Necesitamos aceptar que no podemos conocerlo todo, que no podemos controlarlo todo y que somos parte de una amalgama de historias en las que cada uno necesita vivir y experimentar de forma diversa a nosotros. En ocasiones, nos tocará estar cerca para ser intérpretes de todas esas telenovelas pero en otros momentos tendremos que conformarnos con ser espectadores de la obra de los demás (por mucho que creamos que se trata de nuestra obra debut).

Esta es hoy mi visión de la culpa: tienes una gran responsabilidad sobre todo lo que llega a tu vida, pero no olvides que vives en un sistema interconectado en el que, todo lo que te rodea, tiene su propia energía y, por tanto, su propia capacidad para crear y destruir. En un espacio en el que todos son creadores y destructores, la creación y la destrucción convergen de tal forma que no es posible saber quién crea y quién destruye. La interrelación de todo lo que existe es tan extrema que nada tiene un sentido ni un significado en sí mismo sino en relación con una suma infinita de factores que se escapan de nuestro conocimiento.

Explicado con otro ejemplo… Nuestros abuelos tenían una visión de vida en la que otro -por lo general un concepto de Dios- creaba y, por tanto, decidía qué era lo que debían vivir. Desde esta visión, a aquellas personas solo les quedaba acatar lo que les fuese impuesto (ya fuese por gracia o por castigo). De forma contraria, en las últimas décadas apareció una visión rompedora, egocéntrica, en la que es el propio individuo -como una porción o representación de Dios- el que crea y destruye su vida todo el tiempo, desterrando por completo la idea de un «otro» que pueda decidir por nosotros.

Necesitamos sumergirnos en el camino intermedio: 1) que acepta la existencia de algo misterioso e inexplicable, 2) que reconoce en el individuo el poder para realizar un cambio, y 3) que es consciente de que pertenece a un sistema en el que todos los demás seres también están creando, destruyendo y viéndose influenciados por lo inexplicable.

Quizás estas ideas te hayan ayudado a comprender cómo o porqué ocurre «el destruir» en tu vida, sin embargo, quisiera contarte un pequeño cuento en el que mostrarte de cuántas múltiples formas puedes abordar «el crear» en tu vida:

PD: Solo eres un músico más de esta gran orquesta; cuanta mayor conciencia tomes sobre esto mejor empastará tu melodía con el conjunto grupal y más comprensivo te sentirás con la interpretación de los demás.

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