Tu concepto de los demás

Lo que pensamos sobre los demás, la idea que nos hacemos del otro, limita su forma de manifestarse.

En los trabajos que realizo con familias, así como en las consultas individuales, he comprobado en muchas ocasiones cómo la diferencia de visiones nos separa y nos aísla. Constituimos en nuestra mente una idea de lo que el otro es, creando una lista infinita de características las cuales creemos que el otro posee y que, en ocasiones, nada tienen que ver con lo que el otro está sintiendo o pensando en realidad. Este hecho es aplicable a nuestras relaciones con los humanos, pero también a nuestro concepto sobre los animales con los que convivimos.

Hace unos días trabajaba con una persona la cual se encontraba en una situación muy complicada con una perra con la que convive. El animal había sido sometido con anterioridad a un proceso de adiestramiento que le permitió ser insertada de nuevo en la manada, pero a pesar de ello continúa manifestando en ciertas situaciones un comportamiento muy reactivo hacia alguno de los perros con los que convive. Su actitud ha llegado a tener consecuencias muy graves, desembocando en su última pelea la partida de una de las perras de la familia. Esto fue lo que motivó la consulta: su responsable deseaba conocer cómo se sentía la perra tras lo sucedido y tomar una decisión respecto a su permanencia en la familia.

Cuando entré en comunicación con la perra solo decía «lo siento, no pensaba que acabaría así, yo no quería… lo siento…». Se encontraba triste, pero también se mostraba fría; después su responsable expresaba que la perra era distante y autoritaria. Profundizando en la comunicación pudimos comprobar que el animal vivía todo el tiempo en una actitud guardiana hacia su responsable ya que sentía que ésta necesitaba de su protección.

A diferencia de otros casos, esta perra no se comportaba de forma protectora para satisfacer al humano ni tampoco pretendía con ello ganarse su reconocimiento, su única intención era que su responsable pudiera dedicar su tiempo y energía a sí misma en vez de malgastarla manteniendo el control de todo el grupo. Su responsable comprendía esta faceta aunque le costaba identificarla en la perra.

Este caso me hizo pensar -y todavía continúa removiéndome- a cerca de cómo encasillamos a los seres que nos acompañan con un montón de etiquetas que creemos verdad y, cómo esas etiquetas, representan no solo una prisión para el ser que las carga sino también para el que las pone, delimitando su capacidad para comprender en profundidad. Esto, inevitablemente, tiene que afectar al buen desarrollo de una relación.

Cada vez que colgamos al otro una etiqueta, limitamos su capacidad para expresar lo que realmente es. Reducimos la inmensidad de todo lo que el otro Es a una lista de ideas concebidas que crean una distancia cada vez mayor entre ambos, 1) por la exigencia que supone para el etiquetado intentar cumplir nuestras expectativas y 2) por la decepción que sentimos al descubrir que el otro no es lo que esperamos. Si somos honestos, encontraremos que todas nuestras relaciones -con humanos o animales domésticos- están cargadas de estas etiquetas, lo que ocurre es que mientras los demás encajan en nuestros conceptos no somos conscientes de lo acotados que viven en nuestra mente.

Que Coco, uno de los perros con los que convivo, se hubiera comportado de una forma tan reactiva durante tanto tiempo hizo que perdiese mi confianza en él, pero esa confianza no es algo que él construyese o destruyese sino algo que yo inventé con la ayuda de un montón de ideas que me hice sobre él, sobre mí y sobre nuestra relación. En el momento en que él dejó de cubrir mis expectativas imaginadas yo dejé de sentirme tranquila a su lado, teniendo incluso la sensación de estar ante un desconocido. Esta misma situación la he visto muchas veces acompañando a otras personas.

Cuando somos capaces de generar una nueva visión sobre el animal, más amplia, más pura y más transparente, permitimos que ese ser se parezca más a lo que Es y menos a lo que creemos que es.

Hay casos en los que las personas me dicen «este perro da la vida por mí, me ama mucho, cada vez que le llamo viene y se sienta observándome, cuando viene alguien que no conoce se pone a mi lado y busca mi mirada, es muy leal…». El animal busca tu mirada porque quiere tu aprobación, necesita que le digas que es un buen chico y que agradeces su protección para poder sentirse así más seguro. Como responsables, debemos animar al animal a ir un paso más allá: él, como nosotros, necesita sentirse completo y libre de nuestra aprobación de forma que pueda acompañarnos o protegernos si lo desea sin necesidad de que le reafirmemos su comportamiento.

La dinámica de obrar y esperar a una sonrisa de aprobación está tan asentada en nuestra propia forma de relacionarnos que, en lo profundo, no concebimos un modo de entrega diferente.

A dónde quería llegar con estas ideas… Pues en el caso que comentaba al principio, la perra transmitía absoluto amor y admiración por su responsable, además de una entrega total por servirle, pero no esperaba nada a cambio, ni siquiera una caricia. Su dignidad o su valía no dependía de la opinión que esta persona tenía sobre ella sino que se sostenía sobre su propio concepto de sí misma y su idea del buen hacer. Estamos tan acostumbrados a que el otro obre a cambio de algo que, cuando nos encontramos una entrega sin condiciones, nos sentimos incómodos por no saber cómo encasillarlo, en especial cuando sentimos desmesurada -o injustificada- la entrega que el otro hace.

Al día siguiente de la consulta, su responsable me escribió para comentarme que se daba cuenta de que la perra estaba más cariñosa y pendiente de ella. ¿Qué cambió? Creo que la comunicación, en sí misma, no tiene un gran poder para transformar si la persona que acompaña al animal no realiza ningún cambio en su vida, sin embargo lo cierto es que el cambio inevitablemente ocurre cuando nuestra forma de ver al otro cambia. Y ese cambio puede darse solo cuando comprendemos en profundidad al otro, nos acercamos a su sufrimiento y nos volvemos compasivos.

Nuestras experiencias dolorosas pueden impedirnos ver a los demás con inocencia y amor, por ello, cuando observamos al otro desde otros ojos, descubrimos en él a otro ser. Conectando con nuestra naturaleza amorosa podemos reconocer el amor en los demás.

¿Te ha pasado esto alguna vez? A mí me ha ocurrido en demasiadas ocasiones en las que me han presentado una visión diferente de una persona y desde ese momento he pasado a verla de un modo distinto, aunque el cambio no siempre hubiera sido para bien. Con los animales ocurre algo parecido, cuando vemos que están entregados a nosotros y que beben todo el tiempo de donde nosotros bebemos, sentimos un respeto y un amor único. Esto hace que se desmoronen muchas etiquetas las cuales, aunque parezcan muy reales, solo son verdad en parte y representan una ínfima porción de lo que el otro siente, lo que el otro piensa y lo que el otro es.

Te animo esta semana a que pienses en alguna persona a la que tienes en alta estima y reflexiones sobre todas las etiquetas que le mantienen en un lugar tan privilegiado. Del mismo modo, te invito a que hagas este mismo ejercicio con alguien a quien no soportes, contra quien tengas una resistencia, y reflexiones -fuera de tus juicios- sobre todas aquellas etiquetas que un día le encerraron en esa caja. Si observas profundamente podrás darte cuenta de que las peores parejas fueron algún día los mejores hijos y que lo que hoy nos parece blanco mañana nos parecerá negro, aunque lleve consigo todos los colores del arcoiris. Somos nosotros los que, aun actuando con la mejor intención, solo percibimos una tonalidad u otra según lo que necesitemos para sentir que nuestro ego -aquello que creemos que somos- permanezca a salvo.

Cuando nos abrimos a ver al otro en profundidad, acogiendo su sufrimiento y todas las experiencias de su vida que le llevan a manifestarse de esa forma, nos acercamos a lo que realmente Es, a una visión que incluso puede que el otro ni siquiera tenga sobre sí mismo. Desde ahí, nace un amor profundo que, cuando viaja en dos direcciones, puede ser algo verdaderamente maravilloso.

Abrazos imperfectos.

Nota. Este caso me generó mucha inquietud y no fue hasta esta mañana que comprendí mejor el porqué. Uno de los motivos que separan a la persona de la perra es que, más allá de su corta edad, su autoconcepto corresponde al de una perra senior. A pesar de esto, hay momentos en los que se comporta del modo propio de su edad real y eso despista al humano, el cual encuentra entonces dificultades para ver más allá de lo visible.

Hablar de nuevo sobre esto con su responsable hizo que recordase cuando yo era adolescente. En aquel momento sentía que caía mal a los adultos pero había tenido unas vivencias que hacían que tampoco encajase con las personas de mi edad. Con los mayores, sentía que estaban incómodos cuando yo estaba delante, no sabían cómo tratarme y menospreciaban cualquier aportación que pudiese hacer. Así, mi historia de vida hacía que no encajase en ningún lugar y eso provocó en mí mucho sufrimiento y aislamiento. Conectar de nuevo esta mañana con aquella sensación hizo que me emocionase.

Cuando fui adulta pregunté a aquellos mayores de mi adolescencia cómo se sentían en aquella época conmigo: efectivamente no sabían cómo comportarse conmigo, unas veces porque hacía algo propio de mi edad que les descolocaba (como no saber cuando callarme) y otras veces porque mi mirada era un universo de sufrimiento tan basto que se sentían incómodos cuando estaban conmigo.

Qué importante es que desarrollemos las herramientas necesarias para acompañar a los demás...

Un día, cuando tenía 17 años, me hicieron en urgencias un electro, me dijeron «tienes el electro de una persona de 60 años». Aquella frase fue un alivio de coherencia en un mundo que todavía no comprendía.

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2 Comments
  1. Sara 28 febrero, 2020 at 11:35 - Reply

    Esta reflexión é un sopro de ar fresco ante a tendencia de etiquetar que temos!
    Aínda sendo consciente dela, é inevitable, ao menos para min, que ás veces saian pola miña boca.
    A sensación de liberarme dunha etiqueta que levaba pegada durante toda unha vida é realmente gustosa, de ter a suficiente consciencia e dicir “oes eu creio que eu non son isto!”.
    Mas engadir a visión da outra, a quen etiquetamos é inspirador e brinda a reflexión!
    Mais unha vez, moitas gracias!🙏🏾

    • Alba Kensho 6 marzo, 2020 at 09:54 - Reply

      O camiño de liberarnos libera ós demáis!
      Apertas

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