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Tú eres yo y yo soy tú

Lo que somos y lo que hacemos afecta todo el tiempo a los seres que nos rodean. Afecta hasta el punto de transformar la vida que nos rodea, y no en un sentido simbólico o poético sino de un modo muy real y muy tangible.

Quizás nos cueste reconocer en nuestros hijos o incluso en nuestros padres lo evidente del impacto que provoca la interrelación. Desconozco si se trata de una cuestión de ego, de ignorancia o de falta de visión profunda pero, sea cual sea el motivo, debemos ser muy responsables con nuestros pensamientos, emociones y acciones para tomar plena consciencia del mundo que estamos creando en cada uno de nuestros espejos.

Si bien tenemos a veces dificultades para apreciar esta situación entre nuestras relaciones humanas, cuando se trata de la convivencia con otras especies animales nos abrimos con mayor facilidad a reconocer cuánto de nosotros vemos en los demás, incluso en aquellos puntos que nos dejan más desprotegidos o desfavorecidos.

Cuando estamos en consulta realizando una comunicación, las personas se abren a reconocer ese reflejo en el espejo ante sus compañeros perrunos o gatunos con humildad y bondad amorosa, siendo capaces de señalar -en lo concreto- todo aquello que les representa directamente y que, con un poco de voluntad, podrían mejorar en sí mismos.

Si aceptamos que nuestras acciones afectan a nuestros compañeros animales entonces debemos reconocer que nuestros cambios también les beneficiarán. Tanto es así que son muchas las personas que, tomando consciencia de esto, se animan a iniciar profundos cambios en sus hábitos (alimenticios, relacionales, emocionales, conductuales…) con la intención de ayudar a sus compañeros a realizar también esos mismos cambios.

Del mismo modo que es ciertamente improbable que un niño crezca relajado en una familia estresada, un perro tendrá pocas opciones de vivir sosegado si nosotros no traemos un poco de tranquilidad a nuestra vida. Podemos adiestrarle y someterle, pero si lo que pretendemos es educarle (guiarle) -como lo haríamos con un hijo o cualquier ser al que amemos- debemos ser nosotros los primeros en mostrar esa enseñanza viviente, en manifestar el tipo de ser que queremos observar en los demás, sean de la especie que sean.

Esta semana, después de trabajar con el perro que me inspiró a esta reflexión, recitaba de camino a casa un poema de Thay sobre el interser, recordando la necesidad de cultivar emociones y hábitos saludables para que, aquellos que nos acompañan, encuentren en nosotros un refugio de calma y paz.

Este podría ser un buen reto navideño para el año que comienza.

Abrazos.

Tú eres yo y yo soy tú.

¿No es evidente que nosotros «inter-somos»?

Tú cultivas la flor que hay en ti

para que yo sea hermoso.

Yo transformo la basura que hay en mí,

para que no tengas que sufrir.

Yo te apoyo

y tú me apoyas.

Yo estoy en este mundo para ofrecerte paz;

tú estás en este mundo para darme alegría.

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