Un pequeño jardín japonés

Tomar consciencia del ruido que habita en mi mente me permite detectar pensamientos que surgen en mi interior sin saber exactamente cómo han llegado hasta ahí. A veces pienso que se trata de intuiciones, otras veces de miedos colectivos que flotan en el ambiente y en otros momentos creo que solo se trata de frases de relleno que mi mente utiliza para captar mi atención y distraerme de lo que esté haciendo. Observar esto me ha permitido descubrir que hay un sinfín de pensamientos que pasan por mi mente pero que no nacen de ella, por mucho que mi ego pretenda convencerme de que esas historias son creaciones mías.

Esta semana, en un momento de silencio, sentí esta frase en mi interior: «si mi madre volviese a vivir ahora dedicaría su vida a ayudar a los demás». De dónde salió eso es algo que ya no me inquieta. En otra época buscaría hasta encontrar la respuesta correcta a esa pregunta, bien para ensalzar mi ego o bien para escurrir mi responsabilidad. Sin embargo, en este instante de mi vida poco me importa si ese pensamiento surgido del silencio es veraz o no, si es una intuición o una invención, porque en mi realidad actual eso ya no cambia nada. Lo que ahora me importa es qué me dice eso a mí en el momento presente, y qué impacto podría tener sobre mi vida.

Lo primero que pensé fue que una cosa era obvia: que mi madre vuelva a la vida, literalmente, es algo que no se va a dar. Mi madre permanece en el ciclo de la vida de muchas formas, pero lo que era ella en la forma en que yo la conocí ya no volverá a existir. Desde una visión profunda, podría decirte que mi madre está volviendo a la vida constantemente, ¡de hecho cerca de donde ella descansa nacieron muchas plantas en estos días! Puedo percibir que continúa viva a través de mí, e incluso a través de mi hija. Cada vez que veo a mi hija correr, hablar por lo codos y descubrirlo todo, también veo a mi madre renacida en ella, viviéndolo todo por primera vez. Ella está viva cuando observo a mi hermano y la veo en sus ojos; también cuando hace dos días por la noche abría uno de sus libros y leía algunas páginas. Ambas sosteníamos el libro mientras yo leía y me atrevería a decir que las dos sonreímos al finalizar.

Lo segundo que pensé al oír aquella frase fue qué me decía a mí esa frase y es que yo todavía estoy aquí, en mi cuerpo, y eso me da la oportunidad de decidir ahora cómo gastar mi vida antes de que el cambio me coja por sorpresa. Sentí que ese pensamiento de algún modo también se podría aplicar a mi vida.

De todo lo que hago en mi día a día, el mayor sentido de cada uno de esos instantes está en lo que doy a los demás, y no solo eso sino en el tiempo y la energía que invierto en lograr ser una persona mejor para ofrecerme a los que me acompañan y a los que se sienten acompañados por mí. Esto corre el riesgo de sonar muy obvio y, sin la reflexión adecuada, podría quedarse en una mera declaración de intenciones. Quiero ser mejor persona sí, pero ¿qué implica en realidad eso? ¿A qué me compromete eso?

Cada día dedico pequeños instantes a cultivar la calma que hay en mí. Utilizo ese término «cultivar» porque la paz y la tranquilidad que hay en mí y que ofrezco al mundo se han convertido en un pequeño jardín al que mimar el cual rápidamente se desmadra si me descuido de no darle su dedicación. Cada vez que sale el sol, si he invertido tiempo en plantar nuevas semillas estas crecen y brillan, pero si no he plantado nada, si no he cuidado de la tierra, difícilmente podré esperar a que se muestre un bello jardín.

En mi jardín, he dejado de luchar contra las malas hierbas. Por el contrario, he dedicado mi atención a cuidar de las flores más hermosas, plantando árboles que ni siquiera conocía y, con el tiempo, he observado que aquellas hierbas menos agradables simplemente han dejado de nacer. La experiencia me ha mostrado que aquellas zarzas tan molestas que hacían de mi jardín un lugar intransitable no han desaparecido, sino que mientras centro mis cuidados en las otras plantas, estas dejan de encontrar las condiciones para brotar y expandirse hasta llegar incluso a invadir mi precioso jardín.

Este espacio que hay en mi interior permanece accesible para aquellos que se acercan a mí. En este instante me gusta imaginarlo como un hermoso jardín japonés, creado de tal forma que parezca un capricho de la naturaleza pero en el cual, si observas en profundidad, podrás ver que cada detalle ha sido mimado con delicadeza para que todo se muestre en donde está. Disfruto mucho de la belleza de este jardín -el arce rojo, la claridad del estanque y los lotos que flotan sobre él-, pero mi mayor gozo se da cuando tengo la oportunidad de que tú te sientes conmigo a descansar en él.

Anteayer, tras cerrar aquel libro de mi madre, sentía una enorme gratitud por todo lo que la vida me ha regalado, permitiéndome así dedicar gran parte de mi tiempo y energía al acompañamiento de los demás. Durante muchos años me he molestado -y me he sentido muy molesta por ello- en intentar tener, como mínimo, lo que otros parecían disfrutar con facilidad: un coche, una casa, un trabajo, una familia e incluso salud. Hoy, cuanto más tiempo paso cultivando ese pequeño jardín japonés, menos importante me parece aquella lista de necesidades que en otro momento invadió mi mente y, con ello, la atención de cada uno de mis días.

Me pregunto, ¿qué falta en tu vida para que puedas sentirte en paz ahora? En mi vida he pasado algunos momentos de necesidad, y ahora puedo ver que esa necesidad casi siempre fue generada por mí al desear que las cosas sucediesen de una determinada manera cerrando mi visión a todo lo que no encajaba en esa idea. Por ejemplo, deseaba tener un hogar, pero solo concebía que se tratase de una casa de mi propiedad. Ese tipo de matices hicieron que me alejase de toda la abundancia de la que disponía en aquel preciso momento presente.

La vida me ha provisto de un hogar maravilloso, no necesito otro lugar al que ir, ni más pequeño, ni más verde, ni más solitario, ni más en general. He tardado mucho tiempo en darme cuenta de esto y he pasado mucho tiempo dedicándome a intentar resolver algo que estaba resuelto desde un principio. El hogar es un ejemplo pero lo cierto es que toda la vastedad material que creía necesaria para asegurarme un mínimo de bienestar está y ha estado siempre a mi alcance y la solución no ha sido tener más, sino necesitar menos. Cuánto tiempo podía haber entregado a los demás de haberme dado cuenta antes de esto.

En estos momentos mantengo mi atención en todo lo que está bien en mi vida, y lo cierto es que todos los aspecto de mi vida funcionan con una coherencia maravillosa en cuanto saco mi atención de todo lo que me falta y de lo que podría ir mejor. Quizás sea cierto que algunas cosas podrían ser mejor -sin tener muy claro qué significa eso en lo concreto- pero, ¿mejor para qué? ¿A dónde me llevaría ese supuesto bienestar? A seguir creyendo que habría otra pequeña lista de cosas en apariencia insignificantes que podrían mejorar en otro poquito mi preciado bienestar. Tomar consciencia de esto me hace reírme (con cariño) de lo audaz que puede llegar a ser mi mente para generarme nuevas necesidades que, aunque recurrentes, muestran diferentes caras con las que lograr hacerme tropezar una y otra vez en la misma piedra.

Tener poco puede ser un drama si tu visión se mantiene en todo lo que te falta, sin embargo, si puedes mantenerte agradecido observando todo lo que está bien, todo lo que ya disfrutas, puedes darte cuenta de que no necesitas gran cosa para mantener lo poco que tienes. Cuanto menos necesitas más tiempo y energía dispones para gastarla en aquello que te hace realmente feliz, como en mi caso, acompañar a los demás y disponer de este ratito en el que escribir estas líneas para ti.

Practicar a diario la gratitud hacia todo lo que ya tengo no solo me permite alinearme con la realidad que vivo sino que abre mi visión a opciones para mi bienestar que tal vez ni siquiera había valorado hasta ese momento. Si deseas practicar la gratitud solo has de tomar una precaución: tener muy presente cuáles son tus mínimos tolerables para asegurar tu bienestar, pues con ellos delimitarás la línea entre sentir una vida abundante o padecer un sinfín de necesidades.

La línea que delimita en dónde comienza mi gratitud es esta: estar aquí un día más. Desde esta visión, todo es ganancia.

Abrazos en nuestro jardín.

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4 Comments
  1. Anxo 13 marzo, 2020 at 13:27 - Reply

    Grazas Alba!
    Grazas porque a túa luz ilumina moi forte,
    Grazas por compartir!
    Bendicións!

    • Alba Kensho 15 marzo, 2020 at 11:16 - Reply

      Aquí estamos… Apertas grandes Anxo.

  2. Maty 6 marzo, 2020 at 10:31 - Reply

    Gracias, Alba, por esta reflexión hoy, gracias por ser mi espejo y acompañarme en mi reflexión.
    Un abrazo grande, hadita

    • Alba Kensho 6 marzo, 2020 at 10:59 - Reply

      Feliz de estar aquí, acompañando.
      Abrazos

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