Un perro refunfuñón (y una servidora que otro tanto)

Desde hace días vengo observando un hábito que tengo desde que recuerdo y que últimamente me resulta más desagradable: refunfuñar. Me he dado cuenta de lo mucho que me enfado cuando alguien interviene sobre mi tiempo sin estar yo de acuerdo o sin avisarme previamente, por ejemplo cuando me interrumpen mientras hago algo, o cuando cuento con hacer algo y la otra persona cambia el plan. Esas dos situaciones son detonantes casi seguros de un pequeño discurso refunfuñero.

Lo curioso es que me considero una persona muy dispuesta a servir a los demás. Cuando alguien me pide que haga algo es raro que diga «no», pues realmente siempre tengo disposición de ayudar y colaborar en lo que puedo, pero en muchas ocasiones cuando estoy muy concentrada en otra cosa caigo en el bache de refunfuñar, aunque sea un poco. Un instante más tarde, después de una breve reflexión, reacciono y voy en ayuda con alegría. Pero, ¿por qué ese lapsus de negrura quejica?

Cuando me enfado porque los demás alteran mi tiempo es porque, obviamente, creo que tengo algo más importante que hacer. Lo mío, lo que está en mis manos, lo que yo decido… es más importante que cualquier otra tarea que requieran los demás. Este tipo de cosillas son las que me cuenta mi ego y a las que yo reacciono, en otra época con ira y ahora con ironía, a través del arte de refunfuñar.

Observando en profundidad puedo darme cuenta de que, cuando alguien me interrumpe, mi ego me pone ojos de gatito herido, mientras me dice perlas como: mi tiempo no importa, nunca tengo tiempo para mí… Cada vez tardo menos en darme cuenta de que mi tiempo es todo el tiempo en el que yo esté en medio. Cuando estoy ayudando a los demás ese sigue siendo mi tiempo, igual que cuando estoy haciendo alguna tarea de casa, incluidas las que menos me gustan. Yo sigo estando en ese tiempo y por tanto el tiempo, de ser, sigue siendo mío.

En los últimos días observaba, e imaginaba, lo molesto que puede llegar a ser para los demás escuchar a veces a alguien como yo (risa). Quizás por esto entiendo tan bien a mi hija cuando se niega rotundamente a cambiar de tarea; ese comportamiento soy yo en miniatura.

En relación a todo esto, la vida -más sabia que yo- me mandó la semana pasada a un perro refunfuñón para clausurar la reflexión sobre las reacciones. Su comportamiento me reflejaba en muchos aspectos, pues una de las cosas que más me llamó la atención era que él no refunfuñaba porque estuviera enfadado sino más bien porque estaba aburrido y, si acaso, algo fantasioso. Eso me hizo darme cuenta de cuántas personas, entre las cuales me incluyo en más de un momento, refunfuñamos porque a veces puede resultar más divertido o entretenido responder así.

En el caso concreto, el perro refunfuña por ejemplo cada vez que alguien nuevo entra en su campo. Sin embargo, no hay agresividad en su interior ni una intención real de herir al otro sino más bien el regocijo de un teatrillo que dice algo como: ¡Eh tú! Este es mi campo de fútbol, ¡si quieres estar aquí por lo menos pide permiso! Quizás esta sea la definición más clara de lo que es para mi refunfuñar y es que en el perro hay una predisposición clara de ante mano a ceder y aceptar que el otro esté en el campo, pero necesita expresar su malestar, que el resto le hagan mimitos y atenciones para reconocer su buena voluntad por dejarles entrar y después, entonces, ya pueden ser amigos para siempre. Que espejo tan incómodo.

¿Qué hay realmente detrás de este comportamiento? En el caso de este bichito mucho nervio y algo de aburrimiento (risa), y la suma de las dos hace que todo se vuelva un teatro demasiado interpretado. Y en eso yo me identifico: soy muy creativa y algo cómica teatrera y eso hace que a veces, bromeando, ¡me ponga bastante refunfuñona!

En ocasiones pienso que sin ese discurso ñequeñeque todo sería mucho más aburrido. Sin embargo, al observar en profundidad me doy cuenta de cómo puede ser una vía errónea para expresar mi malestar, e incluso un camuflaje para no reconocer realmente mi desagrado real. Pienso entonces sobre la importancia de aprender a expresar mi desagrado de otras formas y encontrar vías mejores para divertirme.

Mi conclusión personal después de nuestra comunicación es que al final a ambos nos embriaga nuestro concepto de la propiedad -él con su campo y yo con mi tiempo- y por eso reaccionamos con tanto desagrado, porque necesitamos que el resto comprendan (y reconozcan) el valor que nuestra propiedad tiene para nosotros. A veces los refunfuñones necesitamos que nos pongan límites, pero también una sonrisa compasiva a tiempo.

Un abrazo.

PD. El próximo martes 16 a las 17h estaré hablando de los mensajes que los Gorilas compartieron conmigo y de su relación con el momento que estamos viviendo (del libro Mensaje de los Gorilas a la Humanidad). El encuentro, organizado por Voces Unidas, se hará a través de Zoom por lo que si te interesa estar por favor contacta conmigo por privado (mail o wasap) para que pueda enviarte el día antes las claves de acceso. ¡Gracias!

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