“¡Ya es luz!”

Esta semana acompañaba a un perro de 11 años que, desde las últimas semanas, sufría una gran crisis de salud. Esta situación se sumaba a un cuadro clínico anterior bastante complejo lo que ocasionaba que, para ese momento, no hubiese ningún tratamiento para él más que intentar calmar su sufrimiento.

Teníamos dos grandes objetivos para llevar a cabo en esta consulta: saber si estaba sintiendo dolor y conocer si se veía preparado para abandonar ya su cuerpo.

Todas las comunicaciones que hago remueven algo en mí pero, como he dicho en otras ocasiones, las relacionadas con partidas me tocan especialmente pues, tarde o temprano, todos estaremos en la misma situación. En este caso concreto, el animal sentía especial preocupación por cómo sería la vida de su responsable una vez que él no estuviese puesto que no le percibía con las suficientes herramientas para tener que enfrentarse a la vida “sola”.

Como reflexión, esta pregunta: ¿en qué medida te sientes responsables de la vida de los demás? ¿Tiendes a asumir el peso de las decisiones que afectan a otros? ¿Se te hace recurrente el pensamiento: “qué será de los demás si yo no estoy”?

Ver esta situación me hace reflexionar sobre qué me ataría a mí hoy para no poder aceptar el hecho de irme. Por un lado diría que, aunque tal vez el resto no me necesiten, es posible que yo sí les necesite a ellos pero, puestos a aceptar que la que se marcharía sería yo, puedo ver que nadie es indispensable en la vida del otro. Aun así qué difícil puede llegar a ser gestionar este apego.

Siento que los animales, con sus llegadas y sus partidas, nos enseñan todo el tiempo que la vida es un riachuelo en el que corre el agua alegre y constante: siempre vemos agua, pero nunca vemos la misma gota. Quizás reconocer esa porción de agua en cada ser nos permita gestionar mejor la ausencia de la gota en sí, pues sabemos que la esencia última -el amor, la presencia, el compartir- sigue manifestándose cerca nuestra en otras múltiples formas.

Ayer recibía un mensaje de la responsable de este perro cuyo título decía “¡ya es luz!”, y sin necesidad de leer nada más ya sabía lo que venía después. Supongo que hay pocas sensanciones como esta, que te generan tanta alegría y tanta tristeza a la vez.

En mi jardín florecen nuevas flores a la vez que se marchitan otras, a la par veo crecer a unas mientras las otras desaparecen. Cada día estoy aprendiendo a sentirme feliz por ambas, intentando no permitir que la apariencia de las gotas me distraiga, y haciendo lo posible por no perder en ningún momento la certeza de que el agua, en sí, sigue corriendo en todas las formas de vida.

Feliz día.

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